Nunca más alguien me volvió a hablar. Ni mientras viajaba en el bus, o esperaba sentado en una plaza, ni mucho menos cuando miraba el mar. Nadie más se volvió a acercar para preguntarme por un libro, por una aventura, o por si estaba loco. Nadie.
Y mientras veía a la gente pasar desde mi posición en cualquiera de los tres escenarios, quería encontrar, como sea, a una Natali, una Rose, o una Romina, mas nunca logré encontrar siquiera a una de ellas. Todos se iban sin mirarme. Todos menos un niño que me preguntó qué hora era y yo no le supe responer.
Por mi mente circulaban ideas de lo que cada una de ellas estaría haciendo: Natali podría estar metida en su Mac tratando de aprender a ser una gran hacker como Lisbeth Salander; Rose estaría ya en su país –o en el país de quién sabe quién– y odiándome por no haber llegado nunca a la cita; y Romina, pues seguro que salvando más vidas, porque era lo único que llegué a saber de ella, aparte de su belleza.
Un amigo, un día, me preguntó "¿las extrañas?". Pues claro que sí. ¿Cómo no lo voy a hacer? Después de todo, lo que pasó con ellas fue increíble. Tanto que hasta ahora no me lo creo. Natali me pareció una mujer muy inteligente, Rose muy aventurera, y Romina muy bella. Todas eran el complemento perfecto para mí: bruto, tímido y feo.
"¿Y por qué no saliste con ninguna de ellas después?". Si te contara..., le respondí. Y ahora les cuento:
Natali me había dado su número, pero yo no le di el mío. Y no porque no haya querido, sino porque ella no lo quiso recibir. "Tú tienes que llamarme", me dijo después de entregarme el papelito con su nombre y número de celular apuntados. "El secreto te lo digo cuando me llames". Le pedí que me soltara alguna pista, algo que no me dejara tan en el aire. "Va a ser mejor que te lo diga otro día, créeme", fue lo último que me dijo.
Al día siguiente, mientras caminaba por la avenida de La Colmena para ir a trabajar, pensé que sería buena idea pasar previamente por el jirón Quilca para comprar la segunda parte de Millennium, y así poder tener un pretexto más para llamar a Natali. Y así lo hice. Con el libro en mi poder retomé el camino hacia mi trabajo, pero al ver la hora y notar que aún era muy temprano para entrar, decidí sentarme en una de las bancas de la Plaza Mayor. Fue ahí que conocí a Rose.
La conversación con Rose hizo que me olvidara por completo de Natali y de Lisbeth Salander. Pero una vez que estuve trabajando –y leyendo las primeras páginas del libro de rato en rato–, me volví a acordar de ella. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Salir con Rose y olvidarme de Natali y de su secreto? ¿Qué ganaba saliendo con Rose? Igual se iba a ir dentro de poco. ¿Qué ganaba llamando a Natali? El develamiento de un secreto que, aunque no sabía por qué, pensaba que me iba a gustar.
Llegaron las 11 de la noche y tenía que tomar una decisión. Me fui a mi casa.
Al otro día tuve que trabajar de amanecida y recién pude salir del trabajo alrededor del mediodía. A pesar de estar cansado y con mucho sueño, me dieron ganas de ir a Miraflores, al Malecón de la Reserva.
Caminé mucho hasta llegar a un lugar donde pensé no encontrar a ningún sereno o cualquier persona que pudiera interrumpir mis pensamientos. Había pasado muchísimo tiempo desde que estuve en el malecón por última vez. Al ver a nadie a la izquierda y derecha, trepé el muro que separa la vereda del acantilado y me paré muy cerca de la cima.
Miraba la inmensidad del mar, algunos surfistas realizando arriesgadas maniobras y alguno que otro bañista. Escuchaba cómo rompían las olas y el chirriante sonido de sus retiradas en la orilla. Pensaba en llamar a Natali, en prestarle el libro que traía en mi mochila. Imaginaba a Rose insultándome en inglés y contándole a Kat sobre el fucking peruano que había conocido. Tocaba con la yema de mis dedos el papelito que me había dado Natali. Lo tocaba y lo tocaba hasta que lo dejé volar. "No te merezco, Natali", pensé cuando lo solté. Y mientras lo veía flotar por encima de todo lo que había visto antes, escuché que Romina me llamaba.
No pensé que Romina, una chica realmente muy bonita, aceptaría la extraña propuesta que le había hecho. Cuando se acercó y me tendió su mano para que la ayudara a trepar el muro, simplemente no lo creía. Permanecimos sentados y callados por algo más de cinco minutos. Yo la miraba de soslayo de vez en cuando y noté que ella, de verdad, estaba mirando el mar. Seguro por su mente pasaba la idea de que ambos lo estábamos mirando al mismo tiempo, pero no era así. Apenas nos acercamos al borde del abismo, yo no paré de buscar el papelito que había soltado al aire apenas unos minutos antes. Tuve suerte de encontrarlo. Aún flotaba a lo lejos, y yo lo miraba y lo miraba hasta que quedó fuera del alcance de mi vista, detrás de ese manto invisible del olvido, allá por la cruz que está en Chorrillos.
Luego me paré, le di gracias por acompañarme ese momento, y me fui. Ella me dijo algo. No sé lo que fue, y no lo quiero saber, aunque seguramente habrá dicho: "Jorge, estás loco".
Y mientras veía a la gente pasar desde mi posición en cualquiera de los tres escenarios, quería encontrar, como sea, a una Natali, una Rose, o una Romina, mas nunca logré encontrar siquiera a una de ellas. Todos se iban sin mirarme. Todos menos un niño que me preguntó qué hora era y yo no le supe responer.
Por mi mente circulaban ideas de lo que cada una de ellas estaría haciendo: Natali podría estar metida en su Mac tratando de aprender a ser una gran hacker como Lisbeth Salander; Rose estaría ya en su país –o en el país de quién sabe quién– y odiándome por no haber llegado nunca a la cita; y Romina, pues seguro que salvando más vidas, porque era lo único que llegué a saber de ella, aparte de su belleza.
Un amigo, un día, me preguntó "¿las extrañas?". Pues claro que sí. ¿Cómo no lo voy a hacer? Después de todo, lo que pasó con ellas fue increíble. Tanto que hasta ahora no me lo creo. Natali me pareció una mujer muy inteligente, Rose muy aventurera, y Romina muy bella. Todas eran el complemento perfecto para mí: bruto, tímido y feo.
"¿Y por qué no saliste con ninguna de ellas después?". Si te contara..., le respondí. Y ahora les cuento:
Natali me había dado su número, pero yo no le di el mío. Y no porque no haya querido, sino porque ella no lo quiso recibir. "Tú tienes que llamarme", me dijo después de entregarme el papelito con su nombre y número de celular apuntados. "El secreto te lo digo cuando me llames". Le pedí que me soltara alguna pista, algo que no me dejara tan en el aire. "Va a ser mejor que te lo diga otro día, créeme", fue lo último que me dijo.
Al día siguiente, mientras caminaba por la avenida de La Colmena para ir a trabajar, pensé que sería buena idea pasar previamente por el jirón Quilca para comprar la segunda parte de Millennium, y así poder tener un pretexto más para llamar a Natali. Y así lo hice. Con el libro en mi poder retomé el camino hacia mi trabajo, pero al ver la hora y notar que aún era muy temprano para entrar, decidí sentarme en una de las bancas de la Plaza Mayor. Fue ahí que conocí a Rose.
La conversación con Rose hizo que me olvidara por completo de Natali y de Lisbeth Salander. Pero una vez que estuve trabajando –y leyendo las primeras páginas del libro de rato en rato–, me volví a acordar de ella. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Salir con Rose y olvidarme de Natali y de su secreto? ¿Qué ganaba saliendo con Rose? Igual se iba a ir dentro de poco. ¿Qué ganaba llamando a Natali? El develamiento de un secreto que, aunque no sabía por qué, pensaba que me iba a gustar.
Llegaron las 11 de la noche y tenía que tomar una decisión. Me fui a mi casa.
Al otro día tuve que trabajar de amanecida y recién pude salir del trabajo alrededor del mediodía. A pesar de estar cansado y con mucho sueño, me dieron ganas de ir a Miraflores, al Malecón de la Reserva.
Caminé mucho hasta llegar a un lugar donde pensé no encontrar a ningún sereno o cualquier persona que pudiera interrumpir mis pensamientos. Había pasado muchísimo tiempo desde que estuve en el malecón por última vez. Al ver a nadie a la izquierda y derecha, trepé el muro que separa la vereda del acantilado y me paré muy cerca de la cima.
Miraba la inmensidad del mar, algunos surfistas realizando arriesgadas maniobras y alguno que otro bañista. Escuchaba cómo rompían las olas y el chirriante sonido de sus retiradas en la orilla. Pensaba en llamar a Natali, en prestarle el libro que traía en mi mochila. Imaginaba a Rose insultándome en inglés y contándole a Kat sobre el fucking peruano que había conocido. Tocaba con la yema de mis dedos el papelito que me había dado Natali. Lo tocaba y lo tocaba hasta que lo dejé volar. "No te merezco, Natali", pensé cuando lo solté. Y mientras lo veía flotar por encima de todo lo que había visto antes, escuché que Romina me llamaba.
No pensé que Romina, una chica realmente muy bonita, aceptaría la extraña propuesta que le había hecho. Cuando se acercó y me tendió su mano para que la ayudara a trepar el muro, simplemente no lo creía. Permanecimos sentados y callados por algo más de cinco minutos. Yo la miraba de soslayo de vez en cuando y noté que ella, de verdad, estaba mirando el mar. Seguro por su mente pasaba la idea de que ambos lo estábamos mirando al mismo tiempo, pero no era así. Apenas nos acercamos al borde del abismo, yo no paré de buscar el papelito que había soltado al aire apenas unos minutos antes. Tuve suerte de encontrarlo. Aún flotaba a lo lejos, y yo lo miraba y lo miraba hasta que quedó fuera del alcance de mi vista, detrás de ese manto invisible del olvido, allá por la cruz que está en Chorrillos.
Luego me paré, le di gracias por acompañarme ese momento, y me fui. Ella me dijo algo. No sé lo que fue, y no lo quiero saber, aunque seguramente habrá dicho: "Jorge, estás loco".



