viernes 26 de febrero de 2010

Desenlace (Conversaciones Improbables IV)

Nunca más alguien me volvió a hablar. Ni mientras viajaba en el bus, o esperaba sentado en una plaza, ni mucho menos cuando miraba el mar. Nadie más se volvió a acercar para preguntarme por un libro, por una aventura, o por si estaba loco. Nadie.

Y mientras veía a la gente pasar desde mi posición en cualquiera de los tres escenarios, quería encontrar, como sea, a una Natali, una Rose, o una Romina, mas nunca logré encontrar siquiera a una de ellas. Todos se iban sin mirarme. Todos menos un niño que me preguntó qué hora era y yo no le supe responer.

Por mi mente circulaban ideas de lo que cada una de ellas estaría haciendo: Natali podría estar metida en su Mac tratando de aprender a ser una gran hacker como Lisbeth Salander; Rose estaría ya en su país –o en el país de quién sabe quién– y odiándome por no haber llegado nunca a la cita; y Romina, pues seguro que salvando más vidas, porque era lo único que llegué a saber de ella, aparte de su belleza.

Un amigo, un día, me preguntó "¿las extrañas?". Pues claro que sí. ¿Cómo no lo voy a hacer? Después de todo, lo que pasó con ellas fue increíble. Tanto que hasta ahora no me lo creo. Natali me pareció una mujer muy inteligente, Rose muy aventurera, y Romina muy bella. Todas eran el complemento perfecto para mí: bruto, tímido y feo.

"¿Y por qué no saliste con ninguna de ellas después?". Si te contara..., le respondí. Y ahora les cuento:

Natali me había dado su número, pero yo no le di el mío. Y no porque no haya querido, sino porque ella no lo quiso recibir. "Tú tienes que llamarme", me dijo después de entregarme el papelito con su nombre y número de celular apuntados. "El secreto te lo digo cuando me llames". Le pedí que me soltara alguna pista, algo que no me dejara tan en el aire. "Va a ser mejor que te lo diga otro día, créeme", fue lo último que me dijo.

Al día siguiente, mientras caminaba por la avenida de La Colmena para ir a trabajar, pensé que sería buena idea pasar previamente por el jirón Quilca para comprar la segunda parte de Millennium, y así poder tener un pretexto más para llamar a Natali. Y así lo hice. Con el libro en mi poder retomé el camino hacia mi trabajo, pero al ver la hora y notar que aún era muy temprano para entrar, decidí sentarme en una de las bancas de la Plaza Mayor. Fue ahí que conocí a Rose.

La conversación con Rose hizo que me olvidara por completo de Natali y de Lisbeth Salander. Pero una vez que estuve trabajando –y leyendo las primeras páginas del libro de rato en rato–, me volví a acordar de ella. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Salir con Rose y olvidarme de Natali y de su secreto? ¿Qué ganaba saliendo con Rose? Igual se iba a ir dentro de poco. ¿Qué ganaba llamando a Natali? El develamiento de un secreto que, aunque no sabía por qué, pensaba que me iba a gustar.

Llegaron las 11 de la noche y tenía que tomar una decisión. Me fui a mi casa.

Al otro día tuve que trabajar de amanecida y recién pude salir del trabajo alrededor del mediodía. A pesar de estar cansado y con mucho sueño, me dieron ganas de ir a Miraflores, al Malecón de la Reserva.

Caminé mucho hasta llegar a un lugar donde pensé no encontrar a ningún sereno o cualquier persona que pudiera interrumpir mis pensamientos. Había pasado muchísimo tiempo desde que estuve en el malecón por última vez. Al ver a nadie a la izquierda y derecha, trepé el muro que separa la vereda del acantilado y me paré muy cerca de la cima.

Miraba la inmensidad del mar, algunos surfistas realizando arriesgadas maniobras y alguno que otro bañista. Escuchaba cómo rompían las olas y el chirriante sonido de sus retiradas en la orilla. Pensaba en llamar a Natali, en prestarle el libro que traía en mi mochila. Imaginaba a Rose insultándome en inglés y contándole a Kat sobre el fucking peruano que había conocido. Tocaba con la yema de mis dedos el papelito que me había dado Natali. Lo tocaba y lo tocaba hasta que lo dejé volar. "No te merezco, Natali", pensé cuando lo solté. Y mientras lo veía flotar por encima de todo lo que había visto antes, escuché que Romina me llamaba.

No pensé que Romina, una chica realmente muy bonita, aceptaría la extraña propuesta que le había hecho. Cuando se acercó y me tendió su mano para que la ayudara a trepar el muro, simplemente no lo creía. Permanecimos sentados y callados por algo más de cinco minutos. Yo la miraba de soslayo de vez en cuando y noté que ella, de verdad, estaba mirando el mar. Seguro por su mente pasaba la idea de que ambos lo estábamos mirando al mismo tiempo, pero no era así. Apenas nos acercamos al borde del abismo, yo no paré de buscar el papelito que había soltado al aire apenas unos minutos antes. Tuve suerte de encontrarlo. Aún flotaba a lo lejos, y yo lo miraba y lo miraba hasta que quedó fuera del alcance de mi vista, detrás de ese manto invisible del olvido, allá por la cruz que está en Chorrillos.

Luego me paré, le di gracias por acompañarme ese momento, y me fui. Ella me dijo algo. No sé lo que fue, y no lo quiero saber, aunque seguramente habrá dicho: "Jorge, estás loco".

sábado 20 de febrero de 2010

Conversaciones improbables III

–¡¿Qué haces, estás loco?!
–¡¿Qué?!
–¿Estás loco?
–¿Por qué lo preguntas?
–No pensarás saltar, ¿no?
–Ah... No, no, para nada...
–Entonces, ¿qué haces ahí parado? Te puedes caer.
–Solo estaba mirando el mar.
–Me está dando nervios verte tan cerca de ese abismo. ¿No puedes verlo desde acá?
–Sí, pero... Bueno, está bien. No quiero ponerte nerviosa.
–¡Vaya! Por fin.
–Listo. Disculpa por preocuparte.
–Me estás malinterpretando. No estoy preocupada por ti. Solo no quiero ser testigo de una tragedia. Estaba preocupada por mí misma, en todo caso.
–Bueno... gracias por la sinceridad. Esperaré que te vayas para volver a estar donde estaba.
–¡Oye, te puedes caer!
–Pero tú ya no vas a ser testigo de eso. ¿Qué te preocupa?
–Ay, ya... está bien, me preocupé un poquito, pero no por ti, por si acaso, sino por tu familia, tus amigos, hasta quizás tu enamorada. Piensa en ella un poquito, ¿no?
–Bueno... no voy a pensar en ella porque no existe, pero sí en mi familia. Seguro que a alguno de ellos le debe chocar si llegara a morirme.
–¿Pero qué dices? ¡Claro que sí! A toda tu familia le importas. No seas tonto.
–Oye, pero yo no me quiero suicidar, solo quiero ver el mar desde ahí.
–¿Y cuál es la diferencia con verlo desde aquí?
–Que desde ahí nada me distrae.
–¡¿Oye, qué tienes?! Ya, sabes qué, mejor me voy. No quiero seguir perdiendo mi tiempo con un loco suicida.
–Discúlpame si fui un poco grosero, por favor.
–No. Y no me pidas disculpas. No tengo por qué dártelas. No eres nada mío y yo tampoco no soy nada tuyo. Chau.
–Al menos déjame saber tu nombre antes de que te vayas. Si me llegara a pasar algo hoy, me gustaría que mientras voy cayendo en el infierno, recuerde el nombre de la persona que intentó rescatarme o, mejor dicho, salvarme.
–Estás loco, ¿no?
–Quizás.
–Me das un poco de miedo, ¿sabes? Pero te voy a decir mi nombre solo porque te he conocido en una muy extraña circunstancia.
–¡Vale!
–Bueno, soy Romina, señor suicida. Un susto, ojo, SUSTO, conocerlo.
–Ja ja ja... Bueno para mí ha sido muy halagador que una chica como usted me haya prestado un poquito de atención.
–Déjate de formalismos y dime tu nombre, oye...
–Pero si fuiste tú la que empezó con los formalismos. ¿No te acuerdas que me llamaste "señor suicida"?
–Ja ja... pero eso fue de broma.
–Bueno, entonces yo te seguí la broma.
–Ya, dime cómo te llamas de una vez, ¿o no me lo piensas decir? Porque no te voy a rogar, tampoco, ah...
–No, no, si no me estoy haciendo de rogar. Solo estoy... Mi nombre es Jorge.
–Jorge, el suicida, ja ja ja...
–¿Y tú? ¿Romina, el ángel guardián?
–Ja ja, chistoso...
–Tú eres la que empieza.
–Ya, bueno, no te diré más. Me voy.
–¡No!, no te vayas. O sea... me has caído bien, y yo pensaba pasar un momento más contigo.
–¿Qué?
–O sea... no me malinterpretes...
–¿Malinterpretarte? Si no he pensado nada...
–No, o sea... no quise decir eso.
–¿Entonces qué quisiste decir?
–No sé... ya mejor olvídalo.
–¡No! Dime qué quisiste decir.
–Pero es que... no hace falta...
–¿Cómo que no? Yo no tengo ni la más mínima idea de lo que pueda estar pasando por tu cabeza... ¿qué me crees? ¿síquica o algo así?
–Ja ja... no, solo es... ¡Vamos! Tú me entiendes. Sabes lo que quiero decir.
–Jorge, no puedo ser más clara contigo. De verdad no lo sé. Tienes que decírmelo.
–Pero si es obvio...
–Pues yo no me doy cuenta.
–¿De verdad?
–Deja de jugar conmigo y dímelo.
–¿Prometes no molestarte si te digo?
–Depende de lo que me digas.
–Pero yo no quiero que te molestes.
–Mira, lo único que conseguirás si sigues con esto, es que no solo me moleste, sino que me enfurezca.
–¡No, no! Por favor...
–Ya, entonces dime.
–Está bien. Lo que pasa es que quiero que hagas algo conmigo. Nada malo, por si acaso.
–¿Quieres que haga algo contigo?
–Sí.
–¿Qué cosa?
–¿Lo vas a hacer?
–Depende de lo que me pidas.
–No es nada malo.
–Jamás haría "algo malo" contigo, ¿estás loco?
–Ya te dije que creo que sí.
–Ay, ¿sabes qué?, ya me voy ahora sí.
–No, por favor.
–No, sí. De verdad. Tengo cosas que hacer.
–¿Qué cosas?
–Tengo que... Un momento, no tengo que darte explicaciones.
–Pero lo ibas a hacer...
–¡No!
–Sí.
–Bueno, me agarraste desprevenida.
–Tú también.
–¿Yo también qué?
–Me agarraste desprevenido...
–¿Cuándo?
–¿Cómo que cuándo?
–No sé, pues.
–Al momento de conocernos.
–¿Ah?
–Yo estaba parado justo ahí, viendo y escuchando el mar. Estaba tan desconectado de todo cuando, de pronto, escuché que tu voz me decía algo. Entonces volví a este mundo y lo primero que vi fue a ti, una chica muy bonita que me estaba diciendo algo. Mirarte me sorprendió tanto, que de verdad casi me caigo.
–¿Qué estás hablando?
–No digo que estoy enamorado de ti. En ningún momento he querido decir eso.
–Pues, déjame decirte que más te vale.
–Sí, más me vale no enamorarme de alguien tan bonita como tú.
–Estás siendo algo ridículo, ¿sabes?
–Siempre he sido ridículo.
–Pues yo no hablo con personas ridículas, así que chau.
–Antes de que te vayas...
–¿Qué cosa? Apúrate, habla.
–¿Me harías un favor?
–¿No te basta con que te haya salvado la vida?
–Pero si no me la has salvado. Ya te dije que no pensaba saltar.
–Bueno, ¡ya! Está bien. ¿Qué tipo de favor?
–Uno muy simple.
–¿Cuál?
–Primero dime la verdad. ¿Tienes cosas que hacer?
–No tengo que decirte eso.
–Es necesario que me lo digas.
–Es que todo esto me parece tan extraño. Tú me pareces tan extraño. Estoy algo asustada. No sé qué hago hablando contigo...
–No me tengas miedo, por favor.
–Pero tú no ayudas a que eso suceda.
–¿Y si te dijera que jamás te haría daño y que después de hoy no me volverás a ver?
–¿Por qué? ¿Te vas a matar?
–No.
–¿Entonces?
–Solo te digo que no creo que nos volvamos a ver. Eso es todo. Estoy seguro de que esta es la primera y última vez que converso contigo.
–Yo no quisiera que eso pase.
–¿No?
–Me has caído bien, después de todo y a pesar de todo.
–¿Entonces me vas a hacer el favor que te voy a pedir?
–Solo si es algo que yo pueda hacer.
–Estoy seguro que sí.
–Dime, entonces.
–Quédate a mirar el mar conmigo un minuto en silencio.

martes 16 de febrero de 2010

Conversaciones improbables II

–¡Hola!
–¿Hola?
–¿Hablas tú inglés?
–A little bit, but I think it could be helpful.
–For sure!
–So tell me, what you need?
–Wait. Please, let me introduce myself first. I’m Rose, from Wisconsin. You have an idea where is it?
–Well, not exactly, but I’m pretty sure it’s in USA.
–Ha ha ha… well done, buddy!
–Now is my turn. I’m Jorge. Nice to know you.
–Nice to know you too, George. Now I’m gonna tell you why I asked you for some help.
–I’m hearing.
–Ha ha ha… well, the thing is that I have arrived here two days ago and I’m on my own. A friend came with me but she’s got sick, so I needed someone to tell me what to visit, eat and that kind of things, you know…
–I got you… I think… You want to know something about Lima, right?
–Exactly! I have heard about the food you have. They say it’s extremely delicious. What would you recommend me to try? I love eating so whatever you recommend me will be ok.
–Well, our food is fascinating, but I’m not plenty of time to tell you all the dishes you could try. However, be sure you don´t leave Lima if you haven´t tried one of my favorites before: Lomo Saltado.
–Terrific! I´m gonna write it on here in my notebook.
–That would be a good idea. Before I forget, write this too: carapulcra. But, there’s something you need to know about this previously, because it’s very…
–Tasty?
–No, ha ha ha… I mean, it’s very tasty, but “tasty” is not exactly the word that I was looking for. However, what I’m trying to say is that Carapulcra includes some ingredients that may affect your stomach, ha ha ha…
–Oh… I think I got you…
–Sorry, my English is not so good…
–Oh, no, no… it’s well enough for me.
–Thanks.
–You’re welcome, ha ha ha.
–Well, Rose, I think it’s time for me to go.
–So quickly? You have work to do?
–Yes, I ought to be at my workplace by 4.
–It’s 3.43. Where do you work?
–The building over there. That’s my workplace.
–Oh, I see… what were you doing here? Why you weren’t working?
–Because I didn’t have to be there so early. I’m not gonna work for free ha ha ha… Also, since you’ve been here, it’s been such a good time, good conversation…
–Ha ha ha… I would say the same. You’ve been so gently.
–Well, I’ve been gently because that’s what I have to do. It’s good for us, the Peruvians, to give the tourists the best treatment they could receive.
–Yeah! But not everybody acts like you.
–Maybe… I don’t know. I’m just doing what I consider is correct.
–And more than that…
–Well… ha ha… if you say so.
–I really do.
–In that case, thanks for being so gently too.
–You’re welcome, ha ha ha…
–Where are you staying? I mean the hotel…
–I booked one over here. I don’t remember the name, but it’s pretty near.
–And how is it there? Good?
–Well, I can’t complain. The room and the baths are always clean. The service is ok. I’ve been in several countries where I passed very bad moments, but here I’ve been having a good time til now.
–Well, at least you know other countries.
–What about you? What countries you know?
–I know nothing but Peru.
–You must be kidding me, right?
–No, I’m just being very honest.
–Can’t believe you. But, If you think about it, you don’t need to travel to anywhere, because your country seems fantastic. You’re lucky guys. According to what I’ve read, you have beaches, beautiful mountains, an extraordinary wildlife and Machu Picchu, of course.
–Would you believe me if I said I don’t know Machu Picchu?
–No way! Why not?
–‘cause it’s expensive.
–Hmmm… I’m going to take a plane to Cusco tomorrow. You can join me if you want…
–Oh, no… That’s not possible, thank you anyway.
–Why not? C’mon, George!
–I don’t know you and you don’t know me enough to be that close.
–What’s wrong with that?
–I don’t know… Our cultures are very different.
–C’mon George, We could have an amazing experience there.
–No doubt about that, but… you know… That’s something that I’ve never done before. So…
–Well, it’s ok. I’m not going to force you, but if you change your mind, let me know, ok?
–I don’t think so, but thanks again for the invitation.
–Don’t worry. This is the number of the hotel. You can ask for me or for Kat, my friend. I’m gonna be there til tomorrow afternoon.
–Well… Thanks.
–I’m going to try the dishes you’ve told me today.
–Choose one. Both of them at the same time will not be healthy for you.
–I will consider your advice.
–You know, Rose? I’ve been thinking and I came up with an idea. Would you like to continue this conversation tonight?
–Are you dating me?
–Well… not exactly, but sure, why not? as an informal date. What do you say?
–It’s not the best way to date me, but sure. I think it would be a good idea. What time are you going to pick me up?
–Well, I’m going to be free by 11. Is it ok if we meet at 11.30?
–Well… it’s very late, but I suppose it won’t take so long, will it?
–Oh, no. About an hour, is it fine?
–I think it’s perfect.
–Are you sure?
–Yeah! Why do you ask?
–I don’t know… It’s been a long time since I dated a woman for the very last time. You don’t have idea how nervous I am right now.
–Don’t be nervous. I’ve already said yes.
–You’re right, but I didn’t expect a “yes” as a possible answer, ha ha ha.
–Ha ha ha… you’re making me laugh, George. You’re such a good person.
–I really hope we can have a good time together tonight.
–Me too. Maybe I can convince you to join me tomorrow.
–If you look as pretty as you do now, I’m done, ha ha ha.
–Thank you!
–Well… I suppose I’d better be going to work, before it gets too late.
–Yeah. Thanks for everything.
–Thank you for being so nice with me.
–Ha ha ha…
–So… See you tonight, right?
–Of course. Don’t make me wait so long, please!
–I’ll try. If I get late, I call you, ok?
–Ok.

jueves 4 de febrero de 2010

Conversaciones improbables I

–Hola.
–¿Hola?
–Hola, disculpa, pensarás que soy una especie de loca por hablarte así nada más, pero es que veo que estás leyendo Millennium y… bueno, me encanta ese libro.
–Ah… sí. En realidad, ya lo leí y… sí, me gustó un montón.
–¡Es fascinante! ¿Has leído la trilogía completa?
–Lamentablemente, no. Solo tengo “Los hombres que…”. Me lo regaló mi hermana hace poco, pero quiero comprarme los dos que faltan.
–Ay, igual yo. O sea, solo he leído ese. No me alcanzó el dinero para comprar los otros dos.
–Sí, pues. Están carísimos.
–Sí. Los venden pirateados, pero no quiero caer en la tentación… ja ja ja.
–Ja ja ja. Sí, pues. Yo tampoco. Pero imagino que el otro mes ya tendré el dinero necesario.
–Ay, no me digas eso que me da envidia.
–¿Por qué?
–Porque yo no sé si tendré plata, ja ja ja.
–Ah… bueno, yo tampoco. Solo lo decía por decir, ja ja ja.
–¡Qué vivo eres!
–¿Cómo?
–Ay, discúlpame, porfas.
–¿Qué cosa quieres que te disculpe?
–El haberte dicho eso, pues.
–¿Qué cosa, pues?
–¿”Qué vivo eres”?
–Ah… eso fue lo que dijiste…
–¿Qué? ¿No me habías escuchado?
–Sí. Sí te escuché, solo que no te había entendido.
–Ay, entonces no te hubiera dicho nada. ¡Qué torpe!
–Ah… sí.
–¿Qué? ¿Ahora tú me agredes?
–¡No! Nada que ver. Me refería a que sí, que era mejor que no me hubieras dicho nada.
–¿Seguro?
–Nunca confíes en un desconocido.
–¡Ah, qué chistoso!
–No, es que no nos conocemos, pues. Soy Jorge. Ahora sí puedes confiar en mí.
–Ja ja ja… yo soy Natali, y aún no estoy segura de que puedas confiar en mí.
–Ja ja ja. Bueno, no importa, intentaré ganarme tu confianza hasta bajar del carro.
–A ver si puedes…
–¿Me estás retando?
–No sé.
–¿En qué momento esta conversación se convirtió en un desafío?
–No sé, pero creo que tú tienes la culpa, ja ja ja.
­–¿Yo? ¿Qué fue lo que hice?
–No sé. Nada, seguro. Estoy loca. ¿Dónde vives?
–No le voy a decir adónde vivo a una loca, y que conste que tú misma lo has dicho.
–Ay, ya pues. ¡Qué pesado! ¿Así eres siempre?
–Siempre que me lo permiten, sí.
–Pero yo no te lo permito.
–Si no me lo permitieras, no te reirías.
–Ay, ¡qué espeso! Todas te las sabes, ¿no?
–No. En realidad sé muy pocas cosas. No sé dónde vives, ni qué edad tienes, ni qué haces, ni nada de ti; excepto tu nombre y que te gusta Millennium.
–Bueno tienes razón, pero yo tampoco sé más de ti.
–Dime dónde vives o tu edad primero, y luego yo te diré lo mismo.
–¿Y por qué no es al revés: tú primero y yo después?
–Porque yo ya te dije que puedes confiar en mí, en cambio tú no me has dicho eso.
–¡Ay, qué vivo! –perdona–. Está bien, ya puedes confiar en mí.
–¿Me gané tu confianza?
–Alégrate, que sí.
–¡Misión cumplida!, entonces.
–Ya, ya. Apúrate, dime dónde vives antes de que me arrepienta, ja ja ja.
–Ja ja ja… bueno vivo bien lejos. En Ventanilla. ¿Tú?
–Asu… ¿en Ventanilla? ¿Y qué haces por acá?
–Nada… voy a encontrarme con una amiga. Justamente para prestarle el libro.
–¿Tu amiga o tu novia?
–Ja ja ja… he dicho AMIGA. Ahora dime dónde vives, o mejor dime cuántos años tienes.
–Te responderé las dos preguntas, “chico que tiene AMIGA”. Vivo en Pueblo Libre y tengo 21, ¿tú?
–Uno más que tú.
–Pareces de 20.
–Y tú pareces de 21.
–Ay, gracias.
–De nada.
–¡Qué chistoso!
–No soy chistoso. Solo he dicho que pareces de tu misma edad. Nada más. No lo he dicho por molestarte.
–¿Sí, no?
–Sí. ¡De verdad!
–Ya, bueno. Mejor cuéntame de tu novia.
–Que no tengo novia.
–Ay, ya. Entonces de tu AMIGA.
–En primer lugar, no es mi “AMIGA”. En segundo lugar, no voy a hablar de alguien que no está. Y por último, ya voy a bajar.
–¿Bajas en el Jockey? Si es así, yo también bajo allí.
–Sí. Voy a bajar allí, pero no creo que sea buena idea que bajemos juntos. Ya te dije, no voy a estar solo.
–¿Y quién dice que voy a irme contigo?
–No sé. Pensé que querías seguir con esta extraña conversación.
–Sí, es verdad. Sí quería, pero tú no quieres y yo no te voy a rogar. Además, yo me voy a encontrar con una amiga, también.
–Bueno, entonces, chau.
–¿Chau?
–Sí, chau.
–¿Y qué pasó con la tecnología?
–¿Tecnología? No te entiendo.
–Celular, mail, facebook… ¿nada?
–¿Me vas a dar tu número? –bajo en el Jockey.
–Pensé que me lo ibas a preguntar. Además que así me podrías llamar cuando tengas la segunda parte de Millennium.
–¡Verdad! Había olvidado que fue Lisbeth Salander la que hizo que nos habláramos.
–Si no hubieras tenido ese libro en la mano, esta chica tan bonita ni te hubiese mirado.
–¿Quieres decir que te has rebajado a hablar conmigo solo por un libro? No te creo nada.
–Es verdad, no estoy bromeando.
–Entonces, chau.
–Mentira, ¿cómo crees? Ya puedes confiar en mí, ahora sí.
–No quiero confiar en ti… todavía.
–Ay, ya pues. Y te digo un secreto.
–¿Qué secreto?
–¿Vas a confiar en mí?
–Dime qué secreto… ¿tengo algo en la ropa?
–¡No!
–Entonces, dime qué secreto.
–No hay trato.
–No me dejes con la intriga. ¡Dime qué secreto!
–Solo si me dices que confías en mí.
–Vale.
–Dilo: “Confío en ti, Natita linda”.
–Ja… no voy a decir eso.
–Ja ja ja. Quería ver cómo reaccionabas…
–¿Y reaccioné bien?
–Sí. Creo que sí.
–Ahora dime el secreto.