¿Qué fechas recuerdas? En mi caso, seguramente que no más de 10. Y no solo por tener mala memoria (en algunas ocasiones), sino también porque no he tenido muchas fechas para recordar. Sin embargo hay una que me llama muchísimo la atención porque creo ser de los pocos que pueden recordar un aniversario como ése. Para ser sincero, debo admitir que no hubiera sido capaz de recordar una fecha así, de no haber sucedido justo el mismo día en que termina un año.
Ese día yo no tenía nada planeado, solo esperaba que mis padres me dejen solo en la casa para poder escuchar música a alto volumen y recibir el nuevo año de una manera muy distinta a la de la mayoría de personas.
Por aquellos días –estoy habando de diciembre de 2004– no tenía aún Internet en mi casa, por lo que para poder hacer vida social en el Messenger, tenía que ir a una cabina pública. Por lo general alquilaba una hora, pero siempre me quedaba la sensación de querer quedarme más tiempo. Ese día solo alquilé una hora, pero me hubiera quedado toda la noche conversando con la persona que estaba a punto de conocer.
Apenas abrí mi cuenta, apareció una de esas ventanas que te informan que alguien te ha agregado. Por esa época yo aceptaba a la mayoría de los que me agregaban porque andaba metido en muchas comunidades virtuales, y por eso no tenía sentido rechazar a las personas que me agregaban sin antes conocerlas un poquito siquiera.
Ella también pasó por lo mismo, es decir, también le apareció esa ventana en su cuenta al momento de iniciar sesión, por lo que nunca pudimos descubrir quién había agregado a quién.
No recuerdo lo que conversamos ese día, pero de lo que sí estoy seguro es que no fue nada de lo que comúnmente uno suele conversar con alguien que recién conoce por Messenger. Es más, no supe dónde vivía, o qué edad tenía hasta la siguiente semana que la volví a encontrar.
Ella fue, sin dudarlo en lo más mínimo, la primera persona que despertó un interés inusual en mí. Nunca supe qué es lo que me atraía de ella, pero me gustaba no poder descubrirlo. Sentía que con ella nunca me aburriría, porque siempre teníamos de qué conversar. Por eso, no pasó mucho tiempo para que mi despistado corazón empezase a sentir algo que no debía.
Pero no lo culpo. A veces resulta beneficioso sentir esos extraños hormigueos en el estómago, aun cuando no exista reciprocidad. De las experiencias se aprende, y yo puedo decir que de ésa aprendí muchísimo.
Cuando ella supo todo lo que yo sentía, las cosas cambiaron terriblemente entre nosotros. Las peleas empezaron a ser una infeliz constante en nuestras conversaciones. Yo pensaba que se podía convencer a una persona de intentar sentir lo mismo por uno, pero ella me enseñó inconscientemente que eso es imposible. Lástima que entenderlo me costó muchísimo: cerca de un año sin comunicarme con ella.
Al principio actué como una persona rencorosa. Sentía que todavía la quería, pero también deseaba que sufra al menos un poquito por “todo lo que me había hecho”. Lógicamente ella no me hizo nada más que mostrarme la realidad.
Cuando ya todo parecía perdido, cuando creí que de ella solo me quedaría un ambiguo recuerdo, sucedió lo inesperado. Como el resurgimiento de la mitológica ave fénix, las cenizas de nuestra calcinada relación se regeneraron y convirtieron en una infranqueable y flamante amistad. No sé cómo pasó, pero de un momento a otro empezamos a compartir millones de cosas, como las de al principio de todo, cosas que me hicieron pensar que el tiempo que estuvimos sin saber nada el uno del otro sirvió para darme cuenta –o darnos cuenta, no sé– de que el destino a veces hace buenas jugadas, pero que para que funcionen necesita poner a prueba ciertos requerimientos, que hasta ahora me resultan imposibles de entender.
En resumen, creo que fueron cerca de 9 meses los que nos pasamos sin decir nada. Después de ese tiempo, las cosas mejoraron notablemente. Ahora hasta conversamos por móvil, cosa que hace un par de años parecía imposible. Lo mejor de todo es que no gastamos en las llamadas, porque nos metimos en esas promociones de habla lo que quieras por una recarga de unos cuantos soles, y la verdad es que no me arrepiento de haber elegido su número.
Ella es lo más cercano que tengo a una mejor amiga en estos momentos. Me causaría mucha tristeza si la conexión que tengo con ella se viera mermada bajo cualquier circunstancia. Si eso sucediese, los cinco años que la conozco no serían más que un recuerdo, y no quiero que eso suceda. No otra vez. No después de haberme acostumbrado a su manera de ser, a sus bromas, a sus momentos de seriedad –ja, ja, ja–, a sus ideas e incoherencias, a sus “dos puntos aparte y comillas”, a sus locuras, porque aunque nunca lo acepte, ambos sabemos que está loca.
No sé si ella me considere tanto como yo. Es un hecho que me gustaría que sea así, pero eso no significa que me desespere por saberlo. Me basta con que me cuente lo que le pasa, y que escuche las cosas que yo le tenga que decir. O simplemente que me llame para pasar un momento agradable, como cuando dieron un concierto de Linkin Park (la banda que me dijo era su favorita, y mía también, el primer día que la conocí) por MTV y ambos nos llamamos al mismo tiempo para verlo juntos de alguna manera: ella desde su casa y yo desde la mía. Gestos como ése son los que me hacen tenerle tanto aprecio.
Y si en este primer lustro he sido capaz de ganar una amiga así, espero que ella, en los años que vienen, sepa que en mí puede ganar un amigo que, al menos, se acordará de que cada 31 de diciembre hay una fecha genial por recordar. ¡Feliz aniversario!
*Este post debió aparecer el 31 de diciembre de 2009, pero por razones que ni yo mismo me puedo explicar, recién aparece hoy. Con éste doy por finalizado el período de post atrasados. Espero no volver a tener inconvenientes parecidos en el futuro.
*Seguramente nunca leas este post, porque sé que nunca revisas mi blog. Es más, creo que ni sabes que tengo un blog. No importa, no pienso decírtelo, porque sé que igual no lo leerías, jajaja.
Ese día yo no tenía nada planeado, solo esperaba que mis padres me dejen solo en la casa para poder escuchar música a alto volumen y recibir el nuevo año de una manera muy distinta a la de la mayoría de personas.
Por aquellos días –estoy habando de diciembre de 2004– no tenía aún Internet en mi casa, por lo que para poder hacer vida social en el Messenger, tenía que ir a una cabina pública. Por lo general alquilaba una hora, pero siempre me quedaba la sensación de querer quedarme más tiempo. Ese día solo alquilé una hora, pero me hubiera quedado toda la noche conversando con la persona que estaba a punto de conocer.
Apenas abrí mi cuenta, apareció una de esas ventanas que te informan que alguien te ha agregado. Por esa época yo aceptaba a la mayoría de los que me agregaban porque andaba metido en muchas comunidades virtuales, y por eso no tenía sentido rechazar a las personas que me agregaban sin antes conocerlas un poquito siquiera.
Ella también pasó por lo mismo, es decir, también le apareció esa ventana en su cuenta al momento de iniciar sesión, por lo que nunca pudimos descubrir quién había agregado a quién.
No recuerdo lo que conversamos ese día, pero de lo que sí estoy seguro es que no fue nada de lo que comúnmente uno suele conversar con alguien que recién conoce por Messenger. Es más, no supe dónde vivía, o qué edad tenía hasta la siguiente semana que la volví a encontrar.
Ella fue, sin dudarlo en lo más mínimo, la primera persona que despertó un interés inusual en mí. Nunca supe qué es lo que me atraía de ella, pero me gustaba no poder descubrirlo. Sentía que con ella nunca me aburriría, porque siempre teníamos de qué conversar. Por eso, no pasó mucho tiempo para que mi despistado corazón empezase a sentir algo que no debía.
Pero no lo culpo. A veces resulta beneficioso sentir esos extraños hormigueos en el estómago, aun cuando no exista reciprocidad. De las experiencias se aprende, y yo puedo decir que de ésa aprendí muchísimo.
Cuando ella supo todo lo que yo sentía, las cosas cambiaron terriblemente entre nosotros. Las peleas empezaron a ser una infeliz constante en nuestras conversaciones. Yo pensaba que se podía convencer a una persona de intentar sentir lo mismo por uno, pero ella me enseñó inconscientemente que eso es imposible. Lástima que entenderlo me costó muchísimo: cerca de un año sin comunicarme con ella.
Al principio actué como una persona rencorosa. Sentía que todavía la quería, pero también deseaba que sufra al menos un poquito por “todo lo que me había hecho”. Lógicamente ella no me hizo nada más que mostrarme la realidad.
Cuando ya todo parecía perdido, cuando creí que de ella solo me quedaría un ambiguo recuerdo, sucedió lo inesperado. Como el resurgimiento de la mitológica ave fénix, las cenizas de nuestra calcinada relación se regeneraron y convirtieron en una infranqueable y flamante amistad. No sé cómo pasó, pero de un momento a otro empezamos a compartir millones de cosas, como las de al principio de todo, cosas que me hicieron pensar que el tiempo que estuvimos sin saber nada el uno del otro sirvió para darme cuenta –o darnos cuenta, no sé– de que el destino a veces hace buenas jugadas, pero que para que funcionen necesita poner a prueba ciertos requerimientos, que hasta ahora me resultan imposibles de entender.
En resumen, creo que fueron cerca de 9 meses los que nos pasamos sin decir nada. Después de ese tiempo, las cosas mejoraron notablemente. Ahora hasta conversamos por móvil, cosa que hace un par de años parecía imposible. Lo mejor de todo es que no gastamos en las llamadas, porque nos metimos en esas promociones de habla lo que quieras por una recarga de unos cuantos soles, y la verdad es que no me arrepiento de haber elegido su número.
Ella es lo más cercano que tengo a una mejor amiga en estos momentos. Me causaría mucha tristeza si la conexión que tengo con ella se viera mermada bajo cualquier circunstancia. Si eso sucediese, los cinco años que la conozco no serían más que un recuerdo, y no quiero que eso suceda. No otra vez. No después de haberme acostumbrado a su manera de ser, a sus bromas, a sus momentos de seriedad –ja, ja, ja–, a sus ideas e incoherencias, a sus “dos puntos aparte y comillas”, a sus locuras, porque aunque nunca lo acepte, ambos sabemos que está loca.
No sé si ella me considere tanto como yo. Es un hecho que me gustaría que sea así, pero eso no significa que me desespere por saberlo. Me basta con que me cuente lo que le pasa, y que escuche las cosas que yo le tenga que decir. O simplemente que me llame para pasar un momento agradable, como cuando dieron un concierto de Linkin Park (la banda que me dijo era su favorita, y mía también, el primer día que la conocí) por MTV y ambos nos llamamos al mismo tiempo para verlo juntos de alguna manera: ella desde su casa y yo desde la mía. Gestos como ése son los que me hacen tenerle tanto aprecio.
Y si en este primer lustro he sido capaz de ganar una amiga así, espero que ella, en los años que vienen, sepa que en mí puede ganar un amigo que, al menos, se acordará de que cada 31 de diciembre hay una fecha genial por recordar. ¡Feliz aniversario!
*Este post debió aparecer el 31 de diciembre de 2009, pero por razones que ni yo mismo me puedo explicar, recién aparece hoy. Con éste doy por finalizado el período de post atrasados. Espero no volver a tener inconvenientes parecidos en el futuro.
*Seguramente nunca leas este post, porque sé que nunca revisas mi blog. Es más, creo que ni sabes que tengo un blog. No importa, no pienso decírtelo, porque sé que igual no lo leerías, jajaja.



