Quizás no era,
después de todo,
lo que tú esperabas.
Quizás no eras,
después de todo,
lo que yo esperaba.
Quizás,
y solo digo quizás,
no éramos,
después de todo,
los que tú y yo esperábamos
y solo fuimos,
como todos esperaban,
lo que no debimos.
Porque al final,
antes que nada,
no estoy seguro
si algo fuimos.
viernes 18 de septiembre de 2009
jueves 3 de septiembre de 2009
Amistad con A de @rroba
Alguna vez tuve un millón de amigos. En realidad, no llegaron a ser un millón, creo que contando muertos y heridos, no llego ni a cincuenta, pero, vamos, eran muchos. Más muchas que muchos, porque la mayoría era mujer.
Ocurrió durante la época del Chat en su máximo apogeo, es decir, inicios de los 2000’s, más o menos. Tímido hasta los huesos, me aventuré por primera vez a hablarle a una persona que no conozco y que probablemente jamás conocería. Fue esto último, quizás, el móvil que necesitaba para vencer mi exagerada introversión.
Me convertí entonces, sin querer, en un adicto a las conversaciones virtuales y pasé de tener solo un amigo, a tener más de 10 en un abrir y cerrar de ojos.
Mentiría si digo que recuerdo exactamente cuáles fueron mis primeras palabras ciberespaciales, pero seguramente no esté muy lejos de la verdad si digo que posiblemente un “Hola, ¿cómo estás?”, haya sido mi primer balbuceo virtual.
Todos nosotros, estoy seguro, hemos experimentado una ‘tensa espera’ hasta que las personas que hemos elegido para iniciar un austero diálogo, nos devuelvan el saludo. Una vez ocurrido esto, nos sentimos –al menos yo–, ligeramente correspondidos, sobre todo si el saludo vino acompañado de un par de signos como este =).
Es increíble cómo después de unos minutos y de no más de 5 frases intercambiadas, llegamos a pensar que la persona que acabamos de “conocer” es lo mejor que nos ha podido pasar en nuestras indescifrables vidas.
Ocho años han pasado desde que tuve a mi primera gran amiga cibernética. ¡Cómo ha corrido el tiempo! Me parece que fue ayer cuando en una sala del Latinchat-Zona Roja, vi el nickname ‘Davana’ y no dudé en escribirle mi saludo. Al principio pensé qué extraño nombre tiene esta chica, pero me gusta. Sin embargo, un par de minutos después, descubrí que se trataba de dos buenas amigas que habían combinado sus nombres, logrando que Daniela y Silvana se confundieran en una sola persona.
Ese día intercambiamos teléfonos, que era lo usual, ya que aún no estaba muy difundido el uso del Messenger, lo que me llevó a romper otra de mis barreras: hablar ya no solo a través de la Internet, sino que tendría que hacerlo por medio de la línea telefónica. Iba a ser la primera vez que llamaría a una chica. Escogí, no sé por qué, a Silvana. No saben lo emocionado, nervioso y, sobre todo, asustado que estuve minutos previos a la primera llamada. Con decirles que cuando marqué su número y escuché que alguien levantaba el teléfono desde el otro lado, colgué sin siquiera escuchar la voz del que hablaba.
No lo volví a intentar. Los nervios me mataban. Entiéndanme, jamás había llamado a una chica. ¿Qué le diría? Probablemente lo mismo que por el Chat, pero no, eso sería repetitivo. No quería perder a mi primera amiga por culpa de mi aburrimiento y mi timidez. Tenía que pensar muy bien lo que quería decirle antes de llamarla. Tenía que pensar mucho.
Luego de algunos días de estar “pensando”, llegué a la conclusión de que era un completo cobarde. Ya me sentía completamente resignado a perder a mis dos nuevas “amigas” por un serio problema de falta de determinación. Pero, felizmente para mí, sucedió lo inesperado: Silvana llamó. Desafortunadamente para mí, no estaba en casa.
“Hola Jorge, soy Silvana. Te llamaba para… conversar, pero no estás. Bueno, chau, cuídate”, había dicho ella en el mensaje que dejó en la contestadora. Eso quería decir que quería “conversar” conmigo. Increíblemente una chica quería “conversar” conmigo. Eso no sucedía ni en mis sueños, pero estaba pasando. Ahora solo tenía que coger el teléfono y llamarla. Así de fácil. Así de complicado.
Qué minutos los de aquella tarde. Antes de escuchar su voz por segunda vez, me temblaba todo. El papelito, en el que tenía su número apuntado, estaba sufriendo los embates de mi desquiciada tensión. De los siete números que había que marcar, solo presionaba seis, colgando mil veces antes de presionar el sétimo. Hasta que por fin, una vez que me hube dicho cobarde por enésima vez, logré dos timbradas seguidas sin colgar, dejando que alguien pudiera contestar en su casa.
Deseaba que ella misma fuera la que me contestara, pero no fue así. Tuve que hacer un mayor esfuerzo cuando pregunté por ella a la persona que me respondió. Después de decir con el mejor tono de voz posible que por favor me comunicaran con Silvana, me di cuenta de lo fácil que era, aunque en esos breves segundos que esperé por Silvana, nuevamente me llené de nervios.
Apenas oí su voz supe que algo importante estaba a punto de iniciarse en mi vida. Importante porque, después de todo, de esta primera llamada dependería, quizás, el resto de mi vida social. Si lograba entablar una conversación mínimamente congruente con ella, la confianza en mí mismo se elevaría, al menos, con una breve empinadita.
Sin embargo, debo decir que no creo haber llegado a mi objetivo. Felizmente Silvana supo llevar todas las incoherencias propaladas por mi temblorosa voz de manera gentil, haciendo que de a poquitos vaya perdiendo la timidez mientras conversaba con ella.
Aquel fue el inicio de una relación diferente. Con el paso de los días, conversar con ella sería cada vez más cómodo, aunque siempre se me acalambraban los oídos producto de las horas que pasábamos ‘loreando’, como ella decía. A veces había temas interesantes en nuestras charlas, sobre todo los que tenían que ver con los estudios. Silvana siempre me pareció una chica muy inteligente, muy aparte de ser la primera alumna de su salón. Quizás tuvo un desliz al momento de hablarme, pero ¿quién no ha cometido alguna estupidez en su vida?
No sé si ella tenga la misma impresión de mí, pero una vez, al ver agotadas todas mis escasas posibilidades de conversación, no se me ocurrió mejor idea que preguntarle qué había almorzado. Cuando me di cuenta de lo patética de mi pregunta, ella ya se estaba riendo, quizás pensando en lo “zonzo que es este chico”.
Luego de esa bochornosa anécdota, y yendo en contra de cualquier pronóstico, felizmente Silvana seguía siendo amiga mía. Hasta hoy, aunque ya no hablemos con la frecuencia de antaño, y por ende mi papá no reniegue por la cuenta del recibo telefónico. Porque si por algo nos comunicamos es por el Messenger. Contacto físico entre nosotros no existe, y la verdad es que es exactamente ese pequeño detalle el que ha hecho que la amistad perdure, porque, hombre, se imaginan lo que le hubiera preguntado estando frente a frente. ¿El desayuno? No se pasen, ja.
Ocurrió durante la época del Chat en su máximo apogeo, es decir, inicios de los 2000’s, más o menos. Tímido hasta los huesos, me aventuré por primera vez a hablarle a una persona que no conozco y que probablemente jamás conocería. Fue esto último, quizás, el móvil que necesitaba para vencer mi exagerada introversión.
Me convertí entonces, sin querer, en un adicto a las conversaciones virtuales y pasé de tener solo un amigo, a tener más de 10 en un abrir y cerrar de ojos.
Mentiría si digo que recuerdo exactamente cuáles fueron mis primeras palabras ciberespaciales, pero seguramente no esté muy lejos de la verdad si digo que posiblemente un “Hola, ¿cómo estás?”, haya sido mi primer balbuceo virtual.
Todos nosotros, estoy seguro, hemos experimentado una ‘tensa espera’ hasta que las personas que hemos elegido para iniciar un austero diálogo, nos devuelvan el saludo. Una vez ocurrido esto, nos sentimos –al menos yo–, ligeramente correspondidos, sobre todo si el saludo vino acompañado de un par de signos como este =).
Es increíble cómo después de unos minutos y de no más de 5 frases intercambiadas, llegamos a pensar que la persona que acabamos de “conocer” es lo mejor que nos ha podido pasar en nuestras indescifrables vidas.
Ocho años han pasado desde que tuve a mi primera gran amiga cibernética. ¡Cómo ha corrido el tiempo! Me parece que fue ayer cuando en una sala del Latinchat-Zona Roja, vi el nickname ‘Davana’ y no dudé en escribirle mi saludo. Al principio pensé qué extraño nombre tiene esta chica, pero me gusta. Sin embargo, un par de minutos después, descubrí que se trataba de dos buenas amigas que habían combinado sus nombres, logrando que Daniela y Silvana se confundieran en una sola persona.
Ese día intercambiamos teléfonos, que era lo usual, ya que aún no estaba muy difundido el uso del Messenger, lo que me llevó a romper otra de mis barreras: hablar ya no solo a través de la Internet, sino que tendría que hacerlo por medio de la línea telefónica. Iba a ser la primera vez que llamaría a una chica. Escogí, no sé por qué, a Silvana. No saben lo emocionado, nervioso y, sobre todo, asustado que estuve minutos previos a la primera llamada. Con decirles que cuando marqué su número y escuché que alguien levantaba el teléfono desde el otro lado, colgué sin siquiera escuchar la voz del que hablaba.
No lo volví a intentar. Los nervios me mataban. Entiéndanme, jamás había llamado a una chica. ¿Qué le diría? Probablemente lo mismo que por el Chat, pero no, eso sería repetitivo. No quería perder a mi primera amiga por culpa de mi aburrimiento y mi timidez. Tenía que pensar muy bien lo que quería decirle antes de llamarla. Tenía que pensar mucho.
Luego de algunos días de estar “pensando”, llegué a la conclusión de que era un completo cobarde. Ya me sentía completamente resignado a perder a mis dos nuevas “amigas” por un serio problema de falta de determinación. Pero, felizmente para mí, sucedió lo inesperado: Silvana llamó. Desafortunadamente para mí, no estaba en casa.
“Hola Jorge, soy Silvana. Te llamaba para… conversar, pero no estás. Bueno, chau, cuídate”, había dicho ella en el mensaje que dejó en la contestadora. Eso quería decir que quería “conversar” conmigo. Increíblemente una chica quería “conversar” conmigo. Eso no sucedía ni en mis sueños, pero estaba pasando. Ahora solo tenía que coger el teléfono y llamarla. Así de fácil. Así de complicado.
Qué minutos los de aquella tarde. Antes de escuchar su voz por segunda vez, me temblaba todo. El papelito, en el que tenía su número apuntado, estaba sufriendo los embates de mi desquiciada tensión. De los siete números que había que marcar, solo presionaba seis, colgando mil veces antes de presionar el sétimo. Hasta que por fin, una vez que me hube dicho cobarde por enésima vez, logré dos timbradas seguidas sin colgar, dejando que alguien pudiera contestar en su casa.
Deseaba que ella misma fuera la que me contestara, pero no fue así. Tuve que hacer un mayor esfuerzo cuando pregunté por ella a la persona que me respondió. Después de decir con el mejor tono de voz posible que por favor me comunicaran con Silvana, me di cuenta de lo fácil que era, aunque en esos breves segundos que esperé por Silvana, nuevamente me llené de nervios.
Apenas oí su voz supe que algo importante estaba a punto de iniciarse en mi vida. Importante porque, después de todo, de esta primera llamada dependería, quizás, el resto de mi vida social. Si lograba entablar una conversación mínimamente congruente con ella, la confianza en mí mismo se elevaría, al menos, con una breve empinadita.
Sin embargo, debo decir que no creo haber llegado a mi objetivo. Felizmente Silvana supo llevar todas las incoherencias propaladas por mi temblorosa voz de manera gentil, haciendo que de a poquitos vaya perdiendo la timidez mientras conversaba con ella.
Aquel fue el inicio de una relación diferente. Con el paso de los días, conversar con ella sería cada vez más cómodo, aunque siempre se me acalambraban los oídos producto de las horas que pasábamos ‘loreando’, como ella decía. A veces había temas interesantes en nuestras charlas, sobre todo los que tenían que ver con los estudios. Silvana siempre me pareció una chica muy inteligente, muy aparte de ser la primera alumna de su salón. Quizás tuvo un desliz al momento de hablarme, pero ¿quién no ha cometido alguna estupidez en su vida?
No sé si ella tenga la misma impresión de mí, pero una vez, al ver agotadas todas mis escasas posibilidades de conversación, no se me ocurrió mejor idea que preguntarle qué había almorzado. Cuando me di cuenta de lo patética de mi pregunta, ella ya se estaba riendo, quizás pensando en lo “zonzo que es este chico”.
Luego de esa bochornosa anécdota, y yendo en contra de cualquier pronóstico, felizmente Silvana seguía siendo amiga mía. Hasta hoy, aunque ya no hablemos con la frecuencia de antaño, y por ende mi papá no reniegue por la cuenta del recibo telefónico. Porque si por algo nos comunicamos es por el Messenger. Contacto físico entre nosotros no existe, y la verdad es que es exactamente ese pequeño detalle el que ha hecho que la amistad perdure, porque, hombre, se imaginan lo que le hubiera preguntado estando frente a frente. ¿El desayuno? No se pasen, ja.
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