Unimos nuestros labios, es decir, nos besamos. Al principio de aquel beso no sabía qué pensar, es mas, no sé si quería pensar o simplemente dejar mi mente en estado inalterable con no sé qué fin. El tiempo fue corto, eso creo. Cuatro segundos es poco, ¿verdad? No piensen que conté los segundos, solo imagino que ese fue el tiempo.
Ella cerró los ojos apenas se acercó a mi boca. Yo la vi cerrarlos lentamente, pero no hice lo mismo. No pregunten por qué, porque ni yo mismo lo sé. No sé ni siquiera por qué habría de cerrarlos. De haberlo hecho me hubiera perdido ver lo maravilloso de su rostro aproximándose al mío con delicadeza, irradiando dulzura y pasión al mismo tiempo. Ni qué decir durante el beso. Ver cómo sus pestañas delineaban sus párpados mientras inclinaba su cabeza sutilmente hacia la derecha fue un instante memorable.
Sus labios acariciaban los míos. Mi lengua exploraba el interior de su boca tímidamente, como caminando sobre un campo minado pero feliz de estar en ese lugar. Por un instante sentí la calidez de la suya al rozarse con la mía. Fue un encuentro fugaz. Extraño. Afortunado. Encontrarme con su lengua en pleno recorrido fue deliciosamente inesperado. Sentí que nos uníamos, que nos volvíamos uno solo. Quería enredarme en ella, palparla eternamente. No quería dejarla.
Deseaba que aquel momento no acabase nunca. Me gustaba ver sus cabellos, que con el soplo del viento se acomodaban en su cara, abriéndose como finas persianas descubriéndole las mejillas. Me encantaba estar ahí. A su lado. Mirándola. Besándola. Amándola.
Sus manos entrelazadas con las mías parecían inseparables. Se tocaban fuertemente retando a cualquier fuerza a separarlas de manera inútil. Nada hubiera podido contra ellas. Durante el beso me sentía invencible, invulnerable, realmente inmenso.
Mi labio inferior quedó prisionero de los suyos por un breve lapso. Escasos segundos en los que una suave fricción terminó por regalarme el momento soñado por noches enteras, en el que una mujer conocedora de las ansias más sublimes, dejaba que la magia empezara al dejarme tentar con mis manos cada rincón de su espalda, mirarla de cerca a fin de tener la certeza de que en sus ojos se encontraba la más pura verdad, confirmada únicamente a través del delicioso sabor de sus labios, que jamás volvería a sentir deseables y ajenos, al menos por cuatro segundos.
Ella cerró los ojos apenas se acercó a mi boca. Yo la vi cerrarlos lentamente, pero no hice lo mismo. No pregunten por qué, porque ni yo mismo lo sé. No sé ni siquiera por qué habría de cerrarlos. De haberlo hecho me hubiera perdido ver lo maravilloso de su rostro aproximándose al mío con delicadeza, irradiando dulzura y pasión al mismo tiempo. Ni qué decir durante el beso. Ver cómo sus pestañas delineaban sus párpados mientras inclinaba su cabeza sutilmente hacia la derecha fue un instante memorable.
Sus labios acariciaban los míos. Mi lengua exploraba el interior de su boca tímidamente, como caminando sobre un campo minado pero feliz de estar en ese lugar. Por un instante sentí la calidez de la suya al rozarse con la mía. Fue un encuentro fugaz. Extraño. Afortunado. Encontrarme con su lengua en pleno recorrido fue deliciosamente inesperado. Sentí que nos uníamos, que nos volvíamos uno solo. Quería enredarme en ella, palparla eternamente. No quería dejarla.
Deseaba que aquel momento no acabase nunca. Me gustaba ver sus cabellos, que con el soplo del viento se acomodaban en su cara, abriéndose como finas persianas descubriéndole las mejillas. Me encantaba estar ahí. A su lado. Mirándola. Besándola. Amándola.
Sus manos entrelazadas con las mías parecían inseparables. Se tocaban fuertemente retando a cualquier fuerza a separarlas de manera inútil. Nada hubiera podido contra ellas. Durante el beso me sentía invencible, invulnerable, realmente inmenso.
Mi labio inferior quedó prisionero de los suyos por un breve lapso. Escasos segundos en los que una suave fricción terminó por regalarme el momento soñado por noches enteras, en el que una mujer conocedora de las ansias más sublimes, dejaba que la magia empezara al dejarme tentar con mis manos cada rincón de su espalda, mirarla de cerca a fin de tener la certeza de que en sus ojos se encontraba la más pura verdad, confirmada únicamente a través del delicioso sabor de sus labios, que jamás volvería a sentir deseables y ajenos, al menos por cuatro segundos.



