jueves 25 de junio de 2009

Una Universidad para toda la vida

Muchas veces suelo pensar que la vida es como uno quiere que sea. Uno va llenando las páginas de su vida de acuerdo a las decisiones que va tomando a cada segundo, porque la vida, si de algo está llena, pues es de alternativas. Cada uno escoge lo que más cree que le conviene, porque simplemente estamos propensos al error, y qué sería de la vida sin errores. Equivocarse puede llegar a ser una de las experiencias más enriquecedoras que podemos vivir y que, felizmente, podemos experimentarla de manera constante. Desde hace cinco años vivo esclavo de una decisión que, errónea o acertada, conducirá el destino de mi vida. Y es que desde hace cinco años elegí estudiar Ciencias de la Comunicación en la universidad de San Martín de Porres, y aquí es donde mis pensamientos entran en una feliz contradicción, porque siento que no me he equivocado al elegir ni mi carrera, ni mi universidad.

Estoy a apenas un día de dejar de ser un alumno universitario, para convertirme en un flamante egresado que, indudablemente, recordará estos cinco años con mucha alegría, pasión y sobre todo nostalgia, porque de que voy a querer regresar, voy a querer regresar, aunque esto resulte imposible, a no ser que decida estudiar una segunda carrera, pero nada será igual, porque las primeras veces solo se viven una vez, y por lo general, siempre son las mejores.

No puedo evitar ponerme triste sabiendo que mañana va a ser la última vez que pise mi facultad como alumno. Tampoco puedo dejar de recordar lo que sentí el primer día que lo hice, allá por agosto del 2004, cuando atrapado por una inmensa burbuja de egocentrismo, me sentí mejor que cualquier persona que me mirara desde afuera. Felizmente esa absurda muestra de inmadurez fue borrada de mi personalidad un par de días después, cuando conocí a una verdadera maestra de la comunicación, poseedora de una gran inteligencia y –por qué no—singular atractivo, que pudo hacerme ver mi patética realidad de un solo sopapo al decirme sin ninguna clase de contemplaciones: “batracio”. Me refiero, lógicamente, a mi querida y amada en secreto catedrática, Z. G.

Ciclos más tarde me topé con J. R., dueño de una envidiable pluma, quien me hizo replantear cualquier intento de ser escritor. Al ver su enorme capacidad para contar historias, no me quedaba de otra que admirar y aplaudir, resignándome a quemar cualquier cuento, poema e imitación de novela creados por mí.

Y es que es en la universidad donde uno recién se da cuenta de sus carencias y también de sus virtudes, pero que resultan siendo tan escasas que pasan inadvertidas si alguna vez asomaron por allí. Es en la universidad donde te encuentras frente a frente con tu competencia actual y futura, porque tanto maestros como alumnos, finalmente, terminarán compitiendo por el mismo puesto de trabajo.

Aprendes muchas cosas dentro de la universidad, no solo las materias impartidas por los catedráticos, sino también muchos valores que espero conservar por el resto de mi vida. De mis compañeros he aprendido mucho, sobre todo a ser tolerante. Eso no quiere decir que no hayan existido fuertes peleas hasta el final, pero creo que si han sucedido, es porque nada puede ser perfecto. Es más, me atrevería a decir que las peleas de verdad han surgido ya en los últimos ciclos, donde la presión y responsabilidad son más grandes.

Hace poco nomás, en el taller de Radio, casi nos hemos agarrado a trompadas. Eso solo nos demuestra que en la vida uno nunca deja de aprender, así crea que ya lo sabe todo. La convivencia con distintas personas siempre será difícil, mucho más todavía cuando del trabajo de uno depende la nota del otro. Es en esos casos donde uno debe demostrar madurez, y si no se puede a través de un mensaje conciliador, pues los gritos y regaños nunca dejarán de ser una buena alternativa.

La universidad también te enseña a ser constante. Y esto lo aprendí de otra de mis catedráticas favoritas: R. M. C. Ella dictaba un seminario de elaboración de proyectos de Tesis, y luego de quemarme las pestañas por varios días, pude ver el resultado de mi esfuerzo recompensado. No hay nada más grato que recibir unas felicitaciones públicas de parte de tu mentor. Sobre todo cuando sabes que llegar a esa meta te ha costado mucho sacrificio. No imagino mi vida sin haber conocido a R. M. C.; seguramente nunca me habría preocupado por alcanzar un objetivo en mi vida.

Y así como ellos, hubo varios profesores a los que tengo que estar eternamente agradecidos.

Mención aparte merecen los profesores de los talleres de 9º y 10º ciclo. P. A., S. S. y F. V. me enseñaron, además de todos los secretos de la TV, lo importante de ser humildes. De J. V. rescato lo que nos inculcó del trabajo en equipo al momento de realizar un noticiero radiofónico. Y de O. A. lo esencial de no estancarse en lo que uno sabe, sino siempre buscar saber más, especialmente si lo tuyo es el diseño de infografías y diagramación de páginas de un diario.

A todos ellos no me queda más que retribuirles su tiempo y dedicación con mi próximo desempeño en el medio periodístico en el que me encuentre. Si alguna vez llego a destacar en algo, tengan por seguro que ellos van a formar parte de mi logro.

Y no quiero terminar este texto sin mencionar a las personas que compartieron las aulas conmigo, y que seguramente también estarán igual de agradecidos como yo con lo aprendido en la universidad. Conocer a Alejandro, Criss, Gerardo, Pamela, Gino, Angela, Martín, y muchos otros compañeros más, fue una de las mejores experiencias de mi vida. Gracias por todos los momentos compartidos y la confianza puesta en mí, a pesar de no ser como ustedes hubieran querido que sea. Pero qué sería de la vida si todo fuera perfecto. Felizmente yo no lo soy. Felizmente estos cinco años estuvieron muy cerca de serlo.

miércoles 10 de junio de 2009

Qué bella redacción III

A veces sentía que no acababa de conocer todas las oficinas, porque en varias ocasiones me encontraba extrañamente perdido en medio del tercer piso buscando la misteriosa oficina de C, una señorita que había visto una sola vez y que luego creí desaparecida debido a una especie de pulverización o rapto extraterrestre.

Cuando la vi por primera vez no me inspiró nada y debo resaltar que a ella sí la vi de una manera un poco menos laboral como sí lo había hecho con A y B, es decir… a C la miré de un modo más personal, buscando que me gustara, tal vez.

Pero no. No me gustó. Su cabello estaba sin peinar, la vi algo pálida, ojerosa, cansada y sin ilusiones. Parecía un ser inerte y no creo estar exagerando.

Sin embargo, como ya dije, solo la había visto por única vez un día en el que, quizás, no era el suyo. Por eso decidí darle –o darme-- otra oportunidad.

Pero esa oportunidad nunca llegaba. Siempre que iba a buscarla, no encontraba su oficina. No sé cómo rayos haría una oficina para desaparecer, pero juro que lo hizo. Yo me paseaba por todo el edificio y nunca la encontraba. Revisaba en todas las oficinas –incluso una vez me metí descaradamente a la oficina del Director que, felizmente, estaba vacía--, pero mi búsqueda nunca obtenía resultado.

Cansado de buscarla y no encontrarla, decidí olvidarme de ella. Además, no significaba nada, solo quería verla para constatar las dudas que tenía y que ahora habían cambiado: Ya no quería saber si me gustaba o no, sino, quería tomar constancia de su existencia porque empezaba a tener la certeza de que C era solo un espejismo.

“Llévele esto a C y dígale que es lo único que se ha encontrado”, me dijo mi jefe entregándome algunas hojas con recortes de la revista pegados. Bueno, todo bien, pero… ¿a dónde rayos le llevo estos papeles?

Nuevamente, entonces, me encontraba en medio de esa encrucijada que era la de buscar la oficina de C. Juro que jamás había estado en una situación similar. Nunca me había pasado eso de perderme –o, en este caso, perder algo tan grande—en un espacio tantas veces recorrido por mí. Pero me estaba pasando y ya me empezaba a sentir completamente frustrado.

Fue en ese preciso momento, en el que ya me estaba dando por vencido e iba a acudir donde mi jefe a preguntarle, después de varias semanas, dónde quedaba la oficina de C, cuando el dulce rostro de una señorita se impregna en mi vista.

“¿Eso es para mí?”, me preguntó. Eh… Es sobre el caso de… “Sí, es para mí”, me interrumpió. Entonces… ¿puede firmar aquí…? “¿Aquí?” dijo tomando el cuaderno. Sí. “Listo. Gracias”, y se fue después de acomodar sutilmente su largo y hermoso cabello.

¡Wow! ¿Esa C con la que acababa de tener una brevísima conversación era la misma que vi toda desaliñada semanas atrás? Pues sí que lo era. Y estaba encantadísimo de que, por fin, la haya encontrado.

Sin embargo, había un problema con ella. Podía ser muy bonita, adornarse el cabello con una margarita, embriagarme con el fresco aroma de su perfume, pero su manera de dirigirse a mí no era de las mejores.

Cuando llamaba, la voz con que lo hacía podía ser capaz de enamorar a cualquiera, pero una vez que te encontrabas con ella, podrías resultar herido. Y lo digo porque esa es la impresión que me daba C cada vez que me acercaba a entregarle lo que solicitaba.

Una vez que llegué a ubicar perpetuamente su oficina (increíblemente quedaba al frente de donde yo estaba), se hicieron más comunes sus llamadas. Por un lado me sentía bien de poder ir a verla, pero por otro, no podía dejar de pensar en lo mal que me caía. Es que sentía que la pasaba mal, siempre andaba amargada, al menos casi siempre. La veía apurada, atareada. Sentía que la incomodaba. No quería eso. Quería que me viera siquiera un momento, así como lo hacía B. Pero eso era pedir mucho para C.

C era solo para contemplar de lejos. Observar sus desplazamientos. Ver minuciosamente la delicadeza de sus dedos mezclándose con sus cabellos. Solo eso. Si pretendía acercármele, toda la magia podría perderse. Y no. Perder la magia de C, el trato amoroso de B –porque ya no está en la empresa—y los maravillosos ojos de A exclusivamente para mí ya significaría demasiado.

A, B y C jamás corresponderán al amor platónico que por ellas siento, pero seguramente pasarán a formar parte del libro de historias que nunca llegaron a nada, pero de las que me siento feliz de que así hayan sido. Tampoco volveré a fijarme en otras redactoras porque quiero que las tres alcancen el privilegiado nivel de únicas.