La revista cuenta con un suplemento en el que se publican eventos sociales --claro, solamente de las familias de apellidos rimbombantes-- y también, por supuesto, contiene frivolidades femeninas. Aunque yo no forme parte del “target” de este suplemento, también lo leo. Lo hago para divertirme, y de paso, como ya supondrán algunos, para leer lo que escribe la guapísima y encantadora B.
Al escribir esto, recuerdo lo absurdas que fueron mis primeras semanas en esa revista. Me pasaba las horas buscando información, entregándola y viendo noticieros para no estar desactualizado, pero ¿qué tan al día estaba con mis “colegas”? Completamente desfasado.
A B la conocí desde mi primer día de estancia en esa empresa periodística. Al igual que a A, la conocí después de entregarle el material informativo que solicitaba. Entré a la oficina donde están todos los redactores del suplemento y, quizás por la cantidad de gente que había allí adentro, no pude reconocer su simpatía y belleza.
Una vez durante la cena, conversando con mi compañera de área, surgió un pequeño comentario sobre B. “Hace rato ha pedido las fotos de Mengano, pero no las he encontrado”, me dijo. Quién, pregunté yo segundos antes de embutirme un pan. “B, pues, la chica del suplemento”. Ah, ella, que no moleste, renegué, y seguí comiendo.
Al terminar de cenar, ya de vuelta en el Archivo, llamó B. Después de decir su nombre, me pidió que por favor le busque las fotos de Mengano, porque sino su jefe la iba a matar. Lo hizo de una manera tan tierna, que no pude evitar decirle que de todas maneras buscaría las fotos, así me tenga que quedar hasta el otro día. “Te lo voy a agradecer muchísimo”, me dijo. No te preocupes, colgué.
Tremendo lío en el que me había metido. Ni las personas más experimentadas habían podido conseguir las fotos del personaje que B estaba buscando, y yo, un tipo común y corriente, que no le ha ganado a nadie y, además, bastante torpe, me había puesto como objetivo encontrarlas. Ay, Jorge… tú y tu bocota.
No sé por cuanto tiempo estuve sumergido entre los sobres de fotografías buscando como condenado el que le había prometido a B. No sé ni por qué lo hacía. Ella no era una prioridad. A mí me habían dicho que las prioridades son los directores de la revista, y luego los redactores principales, entre los cuales estaba, afortunadamente, mi bella A. Pero los del suplemento, no. Sin embargo, tampoco es que a ellos se les dejara de lado, se les atiende igual, pero si surge otro pedido de uno de los miembros del “club de prioridades”, pues el orden jerárquico tiene que respetarse.
Ese día, para mí, no hubo jerarquía que valga. Me dediqué exclusivamente a buscar lo que B me había pedido tan encarecidamente. El teléfono sonaba y sonaba con los pedidos de los demás redactores, pero yo no contesté ni una sola llamada. Las otras personas allí se encargaban de contestar y buscar lo que los demás querían. A mí nadie me molestaba, solamente el polvo que brotaba de los sobres más antiguos.
Faltaba poco para mi hora de salida y todavía no encontraba las fotos. Sumergido completamente entre miles de sobres, seguía buscando sin éxito. Por un momento se me pasó por la mente la idea de abandonar mi misión, pero luego de meditarlo por unos segundos, decidí que era la mejor prueba que me podía poner para demostrar que jamás me doy por vencido, aunque en millones de oportunidades anteriores sí lo haya hecho.
Pensaba, también, si valía la pena hacerlo. Si la búsqueda hubiera sido por A, seguramente habría actuado de la misma forma, pero al menos ella me gustaba. En cambio B, no. No significaba nada para mí, era una más. No tenía por qué estar en la situación en la que estaba por ella. Tal vez ella supo manejar muy bien la manipulación de la que toda mujer puede jactarse ante cualquier hombre, y por eso me convenció. Mujeres… pensé.
No tenía escapatoria. B había confiado en mí y yo no debía defraudarla. Si lo hacía, también defraudaría a mi jefe, y seguramente se correría la voz de que “el chico nuevo del archivo no sabe encontrar nada. Es un inútil”. Y exactamente un inútil venía siendo al no poder encontrar las fotos; hasta que, después de haber revisado cientos de sobres, preguntado a varias personas, y haberme cortado la piel de los dedos con los filos de los anaqueles, finalmente, las encontré.
La satisfacción que sentí solo puede ser comparada con la que contaré a continuación, cuando fui a la oficina del suplemento y pronuncié el nombre de B. Ella estaba de espaldas coordinando con las demás personas que trabajan en el suplemento alguna información. Apenas oyó que la llamé, giró un poco la cabeza. Luego, al notar que era alguien con un sobre (yo), preguntó con una tensa sonrisa en el rostro si eran las fotos que me había pedido. Sí, le contesté. Pero no lo hice así nomás. Sonreí. Le sonreí a ella, a su manera de recibirme, a su tono de voz, a su manera tan intensa de vivir, porque en ese momento, me dí cuenta de lo apasionada que puede ser B, y eso fue lo que me atrajo infinitamente.
Sus ojos grises, detrás de los anteojos que los cubrían, iluminaron los míos. Veía todo muy brillante. Juro que ella brillaba. Se acercó a mí, le entregué el sobre y me abrazó. Sí, me abrazó. Es cierto que no fue un gran abrazo, solo lo hizo con un brazo, pero al fin y al cabo logró rodear mi espalda. Yo no supe qué hacer. “Gracias, te pasaste”, me repetía incansablemente, mientras yo solo la miraba. La contemplaba.
Noté que había cariño sincero en cada letra que pronunciaba, en cada gesto que me mostraba, en toda su sonrisa. Por primera vez veía lo adorable que podía ser B. La amorosa B.
Desde ese día me empezó a saludar de manera muy amigable. Siempre con una gran sonrisa. Cada vez que lo hacía, yo me enamoraba más. A nunca había sido así de cariñosa conmigo, por eso empecé a querer más a B. Además, unos días después, B me preguntó mi nombre, cosa que nunca había hecho A.
Sin embargo, no todo podía ser perfecto en B. Una noche coincidimos a la hora de la cena. Ella estaba conversando con sus amigos, y yo con los míos, aunque más escuchaba lo que B decía, no por chismoso, sino porque me gustaba, ustedes me entenderán. Todo iba bien hasta que un comentario de ella hizo que me atore con un poco de arroz: “Mi esposo me va a venir a recoger”. B era casada. Cómo envidio a su esposo. A nunca me dejará. ¿A tiene novio? Maldición. ¿Quién me consuela ahora? Veo a una chica usando un vestido acercarse. ¿Me enamoré de C?
Al escribir esto, recuerdo lo absurdas que fueron mis primeras semanas en esa revista. Me pasaba las horas buscando información, entregándola y viendo noticieros para no estar desactualizado, pero ¿qué tan al día estaba con mis “colegas”? Completamente desfasado.
A B la conocí desde mi primer día de estancia en esa empresa periodística. Al igual que a A, la conocí después de entregarle el material informativo que solicitaba. Entré a la oficina donde están todos los redactores del suplemento y, quizás por la cantidad de gente que había allí adentro, no pude reconocer su simpatía y belleza.
Una vez durante la cena, conversando con mi compañera de área, surgió un pequeño comentario sobre B. “Hace rato ha pedido las fotos de Mengano, pero no las he encontrado”, me dijo. Quién, pregunté yo segundos antes de embutirme un pan. “B, pues, la chica del suplemento”. Ah, ella, que no moleste, renegué, y seguí comiendo.
Al terminar de cenar, ya de vuelta en el Archivo, llamó B. Después de decir su nombre, me pidió que por favor le busque las fotos de Mengano, porque sino su jefe la iba a matar. Lo hizo de una manera tan tierna, que no pude evitar decirle que de todas maneras buscaría las fotos, así me tenga que quedar hasta el otro día. “Te lo voy a agradecer muchísimo”, me dijo. No te preocupes, colgué.
Tremendo lío en el que me había metido. Ni las personas más experimentadas habían podido conseguir las fotos del personaje que B estaba buscando, y yo, un tipo común y corriente, que no le ha ganado a nadie y, además, bastante torpe, me había puesto como objetivo encontrarlas. Ay, Jorge… tú y tu bocota.
No sé por cuanto tiempo estuve sumergido entre los sobres de fotografías buscando como condenado el que le había prometido a B. No sé ni por qué lo hacía. Ella no era una prioridad. A mí me habían dicho que las prioridades son los directores de la revista, y luego los redactores principales, entre los cuales estaba, afortunadamente, mi bella A. Pero los del suplemento, no. Sin embargo, tampoco es que a ellos se les dejara de lado, se les atiende igual, pero si surge otro pedido de uno de los miembros del “club de prioridades”, pues el orden jerárquico tiene que respetarse.
Ese día, para mí, no hubo jerarquía que valga. Me dediqué exclusivamente a buscar lo que B me había pedido tan encarecidamente. El teléfono sonaba y sonaba con los pedidos de los demás redactores, pero yo no contesté ni una sola llamada. Las otras personas allí se encargaban de contestar y buscar lo que los demás querían. A mí nadie me molestaba, solamente el polvo que brotaba de los sobres más antiguos.
Faltaba poco para mi hora de salida y todavía no encontraba las fotos. Sumergido completamente entre miles de sobres, seguía buscando sin éxito. Por un momento se me pasó por la mente la idea de abandonar mi misión, pero luego de meditarlo por unos segundos, decidí que era la mejor prueba que me podía poner para demostrar que jamás me doy por vencido, aunque en millones de oportunidades anteriores sí lo haya hecho.
Pensaba, también, si valía la pena hacerlo. Si la búsqueda hubiera sido por A, seguramente habría actuado de la misma forma, pero al menos ella me gustaba. En cambio B, no. No significaba nada para mí, era una más. No tenía por qué estar en la situación en la que estaba por ella. Tal vez ella supo manejar muy bien la manipulación de la que toda mujer puede jactarse ante cualquier hombre, y por eso me convenció. Mujeres… pensé.
No tenía escapatoria. B había confiado en mí y yo no debía defraudarla. Si lo hacía, también defraudaría a mi jefe, y seguramente se correría la voz de que “el chico nuevo del archivo no sabe encontrar nada. Es un inútil”. Y exactamente un inútil venía siendo al no poder encontrar las fotos; hasta que, después de haber revisado cientos de sobres, preguntado a varias personas, y haberme cortado la piel de los dedos con los filos de los anaqueles, finalmente, las encontré.
La satisfacción que sentí solo puede ser comparada con la que contaré a continuación, cuando fui a la oficina del suplemento y pronuncié el nombre de B. Ella estaba de espaldas coordinando con las demás personas que trabajan en el suplemento alguna información. Apenas oyó que la llamé, giró un poco la cabeza. Luego, al notar que era alguien con un sobre (yo), preguntó con una tensa sonrisa en el rostro si eran las fotos que me había pedido. Sí, le contesté. Pero no lo hice así nomás. Sonreí. Le sonreí a ella, a su manera de recibirme, a su tono de voz, a su manera tan intensa de vivir, porque en ese momento, me dí cuenta de lo apasionada que puede ser B, y eso fue lo que me atrajo infinitamente.
Sus ojos grises, detrás de los anteojos que los cubrían, iluminaron los míos. Veía todo muy brillante. Juro que ella brillaba. Se acercó a mí, le entregué el sobre y me abrazó. Sí, me abrazó. Es cierto que no fue un gran abrazo, solo lo hizo con un brazo, pero al fin y al cabo logró rodear mi espalda. Yo no supe qué hacer. “Gracias, te pasaste”, me repetía incansablemente, mientras yo solo la miraba. La contemplaba.
Noté que había cariño sincero en cada letra que pronunciaba, en cada gesto que me mostraba, en toda su sonrisa. Por primera vez veía lo adorable que podía ser B. La amorosa B.
Desde ese día me empezó a saludar de manera muy amigable. Siempre con una gran sonrisa. Cada vez que lo hacía, yo me enamoraba más. A nunca había sido así de cariñosa conmigo, por eso empecé a querer más a B. Además, unos días después, B me preguntó mi nombre, cosa que nunca había hecho A.
Sin embargo, no todo podía ser perfecto en B. Una noche coincidimos a la hora de la cena. Ella estaba conversando con sus amigos, y yo con los míos, aunque más escuchaba lo que B decía, no por chismoso, sino porque me gustaba, ustedes me entenderán. Todo iba bien hasta que un comentario de ella hizo que me atore con un poco de arroz: “Mi esposo me va a venir a recoger”. B era casada. Cómo envidio a su esposo. A nunca me dejará. ¿A tiene novio? Maldición. ¿Quién me consuela ahora? Veo a una chica usando un vestido acercarse. ¿Me enamoré de C?



