domingo 31 de mayo de 2009

Qué bella redacción II

La revista cuenta con un suplemento en el que se publican eventos sociales --claro, solamente de las familias de apellidos rimbombantes-- y también, por supuesto, contiene frivolidades femeninas. Aunque yo no forme parte del “target” de este suplemento, también lo leo. Lo hago para divertirme, y de paso, como ya supondrán algunos, para leer lo que escribe la guapísima y encantadora B.

Al escribir esto, recuerdo lo absurdas que fueron mis primeras semanas en esa revista. Me pasaba las horas buscando información, entregándola y viendo noticieros para no estar desactualizado, pero ¿qué tan al día estaba con mis “colegas”? Completamente desfasado.

A B la conocí desde mi primer día de estancia en esa empresa periodística. Al igual que a A, la conocí después de entregarle el material informativo que solicitaba. Entré a la oficina donde están todos los redactores del suplemento y, quizás por la cantidad de gente que había allí adentro, no pude reconocer su simpatía y belleza.

Una vez durante la cena, conversando con mi compañera de área, surgió un pequeño comentario sobre B. “Hace rato ha pedido las fotos de Mengano, pero no las he encontrado”, me dijo. Quién, pregunté yo segundos antes de embutirme un pan. “B, pues, la chica del suplemento”. Ah, ella, que no moleste, renegué, y seguí comiendo.

Al terminar de cenar, ya de vuelta en el Archivo, llamó B. Después de decir su nombre, me pidió que por favor le busque las fotos de Mengano, porque sino su jefe la iba a matar. Lo hizo de una manera tan tierna, que no pude evitar decirle que de todas maneras buscaría las fotos, así me tenga que quedar hasta el otro día. “Te lo voy a agradecer muchísimo”, me dijo. No te preocupes, colgué.

Tremendo lío en el que me había metido. Ni las personas más experimentadas habían podido conseguir las fotos del personaje que B estaba buscando, y yo, un tipo común y corriente, que no le ha ganado a nadie y, además, bastante torpe, me había puesto como objetivo encontrarlas. Ay, Jorge… tú y tu bocota.

No sé por cuanto tiempo estuve sumergido entre los sobres de fotografías buscando como condenado el que le había prometido a B. No sé ni por qué lo hacía. Ella no era una prioridad. A mí me habían dicho que las prioridades son los directores de la revista, y luego los redactores principales, entre los cuales estaba, afortunadamente, mi bella A. Pero los del suplemento, no. Sin embargo, tampoco es que a ellos se les dejara de lado, se les atiende igual, pero si surge otro pedido de uno de los miembros del “club de prioridades”, pues el orden jerárquico tiene que respetarse.

Ese día, para mí, no hubo jerarquía que valga. Me dediqué exclusivamente a buscar lo que B me había pedido tan encarecidamente. El teléfono sonaba y sonaba con los pedidos de los demás redactores, pero yo no contesté ni una sola llamada. Las otras personas allí se encargaban de contestar y buscar lo que los demás querían. A mí nadie me molestaba, solamente el polvo que brotaba de los sobres más antiguos.

Faltaba poco para mi hora de salida y todavía no encontraba las fotos. Sumergido completamente entre miles de sobres, seguía buscando sin éxito. Por un momento se me pasó por la mente la idea de abandonar mi misión, pero luego de meditarlo por unos segundos, decidí que era la mejor prueba que me podía poner para demostrar que jamás me doy por vencido, aunque en millones de oportunidades anteriores sí lo haya hecho.

Pensaba, también, si valía la pena hacerlo. Si la búsqueda hubiera sido por A, seguramente habría actuado de la misma forma, pero al menos ella me gustaba. En cambio B, no. No significaba nada para mí, era una más. No tenía por qué estar en la situación en la que estaba por ella. Tal vez ella supo manejar muy bien la manipulación de la que toda mujer puede jactarse ante cualquier hombre, y por eso me convenció. Mujeres… pensé.

No tenía escapatoria. B había confiado en mí y yo no debía defraudarla. Si lo hacía, también defraudaría a mi jefe, y seguramente se correría la voz de que “el chico nuevo del archivo no sabe encontrar nada. Es un inútil”. Y exactamente un inútil venía siendo al no poder encontrar las fotos; hasta que, después de haber revisado cientos de sobres, preguntado a varias personas, y haberme cortado la piel de los dedos con los filos de los anaqueles, finalmente, las encontré.

La satisfacción que sentí solo puede ser comparada con la que contaré a continuación, cuando fui a la oficina del suplemento y pronuncié el nombre de B. Ella estaba de espaldas coordinando con las demás personas que trabajan en el suplemento alguna información. Apenas oyó que la llamé, giró un poco la cabeza. Luego, al notar que era alguien con un sobre (yo), preguntó con una tensa sonrisa en el rostro si eran las fotos que me había pedido. Sí, le contesté. Pero no lo hice así nomás. Sonreí. Le sonreí a ella, a su manera de recibirme, a su tono de voz, a su manera tan intensa de vivir, porque en ese momento, me dí cuenta de lo apasionada que puede ser B, y eso fue lo que me atrajo infinitamente.

Sus ojos grises, detrás de los anteojos que los cubrían, iluminaron los míos. Veía todo muy brillante. Juro que ella brillaba. Se acercó a mí, le entregué el sobre y me abrazó. Sí, me abrazó. Es cierto que no fue un gran abrazo, solo lo hizo con un brazo, pero al fin y al cabo logró rodear mi espalda. Yo no supe qué hacer. “Gracias, te pasaste”, me repetía incansablemente, mientras yo solo la miraba. La contemplaba.

Noté que había cariño sincero en cada letra que pronunciaba, en cada gesto que me mostraba, en toda su sonrisa. Por primera vez veía lo adorable que podía ser B. La amorosa B.

Desde ese día me empezó a saludar de manera muy amigable. Siempre con una gran sonrisa. Cada vez que lo hacía, yo me enamoraba más. A nunca había sido así de cariñosa conmigo, por eso empecé a querer más a B. Además, unos días después, B me preguntó mi nombre, cosa que nunca había hecho A.

Sin embargo, no todo podía ser perfecto en B. Una noche coincidimos a la hora de la cena. Ella estaba conversando con sus amigos, y yo con los míos, aunque más escuchaba lo que B decía, no por chismoso, sino porque me gustaba, ustedes me entenderán. Todo iba bien hasta que un comentario de ella hizo que me atore con un poco de arroz: “Mi esposo me va a venir a recoger”. B era casada. Cómo envidio a su esposo. A nunca me dejará. ¿A tiene novio? Maldición. ¿Quién me consuela ahora? Veo a una chica usando un vestido acercarse. ¿Me enamoré de C?

miércoles 27 de mayo de 2009

Dos

Dos lapiceros gastados
Yacen al lado del cuaderno
Aquel que cobija tu nombre
Culpable de mi locura

Dos recuerdos perdidos
Caen en mi mente de nuevo
La misma que los reconoce
Aún en la densa penumbra

Dos sueños atrapados
Van perdiendo el anhelo
Mientras se oyen las voces
Que ya nadie escucha

Dos pasados unidos
Se ignoran ahora a lo lejos
El mío aparece en la noche
El tuyo le teme a la Luna

martes 26 de mayo de 2009

Qué bella redacción I

Realizar prácticas en el Archivo de una conocida revista peruana me ha llevado a conocer al periodismo desde un lado que muchos desconocen. Estar en medio de anaqueles que contienen absolutamente toda la riqueza informativa de un medio de comunicación es toda una experiencia alucinante, solo comparable al hecho de observar fotografías que nadie más verá porque, simplemente, no fueron escogidas para ser publicadas.

Imagino que lo mismo debe suceder en el área de archivo de cualquier medio, sobre todo escrito, en el que las fotos y recortes de periódicos se vuelven el aire que uno respira, pues prácticamente ocupan todo el espacio.

Moverse por ahí resulta a veces tan complicado, que en la premura por buscar una información a pocas horas del cierre, puede ocurrir un accidente. Varias veces me ha pasado que he tenido que colgarme desde lo más alto de un enorme anaquel, con tal de conseguir el file de algún personaje requerido por alguna redactora, porque por ellas más que por cualquier otro redactor –director de la revista incluido--, sí estaría dispuesto a arriesgar mi vida.

En la revista en la que practico encontré tres mujeres muy bellas, pero extrañamente, me di cuenta de aquello un poco tarde.

Tuvieron que pasar un par de meses por lo menos, para sentir que una redactora me encandilara, no solo por sus textos, sino también por sus finos rasgos, que dibujan en su piel de niña la sapiencia de una mujer.

La primera periodista culpable de mi enamoramiento platónico y febril fue una señorita a la que me referiré como A para evitar cualquier suspicacia.

A y yo nos conocimos el segundo día de mi experiencia en la revista. Sonó el teléfono y luego de descolgarlo, escuché que una voz muy femenina me pedía fotos de un personaje que yo desconocía. “Hola, ¿eres de Archivo?” Sí, contesté, “soy A, ¿podrías traerme el sobre de fotos de Fulano de tal, por favor?”. Sí. “Gracias”.

Esa pequeña conversación no significó nada para mí por ese momento. La tomaba como una llamada más de cualquier otro periodista que exige, con mucha rapidez, que se le envíe lo que solicita. Fue así que conseguí el sobre de fotos, lo apunté en el cuaderno junto con su nombre, y me dirigí a su pequeña oficina para entregárselo a cambio de una firma de confirmación.

Llegué y la vi ahí: sentada en una silla muy grande y cómoda, con sus ojos puestos en el texto que aparecía en la pantalla de su ordenador. No sé si no quise ver más, pero ese día no me fijé en la brillantez de su cabello, ni en sus pequeñas y blancas manos, ni mucho menos en la hermosa luz que irradiaban sus ojos. Estaba ahí y no la vi. No estuve atento a sus finuras. No merecía llamarme un periodista. No había sido observador.

Pasaron los días y ya conocía a la mayoría de redactores y redactoras de la revista. Sin embargo, todavía no me sentía atraído por ninguna. Hasta que, sin darme cuenta, una tarde llegué a la oficina de A. Al principio no la encontré, y cuando estaba dispuesto a regresar a mi área con el pedido que ella había hecho unos minutos antes, me tropecé con ella de manera casual.

Al momento de reaccionar después de aquel suceso inesperado, pude ver toda la belleza que antes habían ignorado mis ojos en ella. En milésimas de segundos me sentí flotando en una inmensa burbuja alrededor de A. Igualmente, vi cómo el pasadizo se transformaba en un bello jardín de flores rojas, azules y amarillas. El olor a cigarro de las redacciones pasó a convertirse en un agradable aroma de lavanda, hasta que, poco a poco, todo se fue desvaneciendo.

“Disculpa, ¿estás bien?”, preguntó A, despertándome del sueño. Le respondí que estaba en perfectas condiciones con un ligero movimiento de cabeza. “Estabas distraído, ten más cuidado para la próxima” me sugirió. Sí, disculpa tú más bien, fue lo que yo le dije, entregándole el file que había pedido. “Gracias”, se despidió.

Desde ese día empecé a tener alucinaciones parecidas con A cada vez que cerraba los ojos. Ni qué decir cuando llamaba pidiendo fotos o artículos periodísticos sobre un tema. Cada vez que le entregaba sus pedidos, ella devolvía mi rápida entrega con una hipnotizadora sonrisa. Desde ese día fue así. Pensé que A sería mi único amor secreto por esas redacciones, pero un poco más allá, terminando el pasillo a la mano derecha, conocí al otro amor de mi vida periodística.