Cuando el árbitro del partido, un tipo de estatura media, algo bizco y un tanto parcializado –por lo que habíamos podido presenciar en los encuentros previos--, llamó a los capitanes de cada equipo para luego invitarnos a todos a tomar nuestras posiciones en el campo de juego, quedó todo listo para el inédito debut de Los Faraones, el único club por el que he jugado –y jugaré—toda mi vida.
La primera e histórica formación de Los Faraones alineó de la siguiente manera: Giancarlo y El Gordo en la defensa; Freddy en la volante; Moisés como media punta, y solo en la delantera, mi primo José. Yo, con mordeduras de perros incluidas, debajo de los tres palos. En el banco de suplentes quedó Juancho, que por motivos estomacales, no estaba en condiciones de iniciar el partido.
El otro equipo, el de Juan, se ubicó en la cancha con algunos viejos conocidos nuestros, rivales de toda la vida. Algunos de ellos eran: Ederson, Juanito, El Gordo Machaca, y mi primo César, quien durante el tiempo que duró el partido, se convirtió en la persona que más odié en el planeta.
Sonó el pitazo inicial. Moisés tocó el balón hacia mi primo José, que rápidamente la cedió a Giancarlo, quien en un intento por llevarse al que lo marcaba, tuvo que echar el balón afuera para que sea reinsertado al juego por el equipo contrario. Una vez que el equipo de Juan tomó el balón, se nos hizo muy difícil recuperarlo. Yo estaba muy nervioso, gritando a todo el mundo para que no se desordenen en la cancha y conserven sus puestos previamente establecidos, porque “solo de esa manera” podríamos ganarles, como bien nos lo había advertido Maca, un vecino nuestro, quien ante la desoladora imagen de orfandad que daba nuestro equipo en contraste con los demás, que sí tenían un adulto que los arengara, se apiadó de nosotros y fungió las veces de nuestro director técnico.
Su aporte hubiera sido valioso si es que hubiésemos tenido los jugadores idóneos, pero no fue así. Con el correr de los minutos y ante los infinitos ataques que recibíamos --y de los que milagrosamente nos salvábamos--, nos dimos cuenta de que nunca debimos haber pensado en formar un equipo para esta competencia, porque lo nuestro, en esos momentos, daba pena.
Cinco minutos duró el marcador de papel en blanco. Solo cinco. Nuestra ligera esperanza de irnos al descanso con el partido empatado se esfumaron cuando, tras una descoordinación y desorden táctico, el delantero del equipo contrario se encontró solo frente a mí –un indefenso y nervioso arquero—y definió como cualquier buen delantero hubiera definido: suave y a un lado. Mientras veía a la pelota entrar lentamente en mi arco, no pude evitar sentirme frustrado. Tirado en el suelo, observaba en cámara lenta la fina trayectoria del balón. Lo veía cada vez más lejano, distante, como si se tratara de una chica que pasa muy coqueta por mi lado y que luego se va sin darme tiempo, siquiera, de poder tocarla. Se iba como ella, como la chica que me gustaba, que en ese preciso momento, no hacía más que mirar a otra parte, quizás previendo que mi actuación sería un desastre. Gol.
Un par de minutos después, otra vez gol. Perdíamos dos a cero, pero lo peor todavía no llegaba. El quipo contrario, después de verse con el marcador a su favor, empezó a jugar con nosotros, a burlarse. Hacían lo que querían, movían el balón como mejor les parecía. Intentaban remates imposibles, pero bien que nos complicaban. Yo, al mirar eso desde el infierno en el que se había convertido mi arco, simplemente acumulaba rencor, odio, envidia. No entendía por qué no podíamos hacer nada frente a esas burlas intencionadas de nuestros adversarios. Tenía ganas de salir, quitarles el balón y pateárselo en las caras. Pero no podía. Si mis defensas no podían, yo menos. Simplemente seguía el movimiento del balón con la vista, tratando de no desconcentrarme porque en cualquier momento llegaría el disparo que podría significar el humillante tercer gol.
La misma cólera la habría sentido Giancarlo al momento de intentar robarle el balón a Juan, o tal vez no midió bien. Tal vez solo fue la impotencia que pudo haber sentido al verse superado por enésima vez, lo que lo llevó a patearlo. No fue una gran patada, hasta me atrevería a decir que solo fue un rose, pero finalmente el árbitro lo vió y cobró penal.
Mis compañeros, al escuchar la decisión del árbitro, se le fueron encima. Le reclamaron de todas las formas conocidas, pero éste no cambió de parecer. Ya no podíamos hacer nada, Ederson ya había cogido el balón y lo colocaba en el punto del penal, a tan solo unos metros de donde yo estaba ubicado. El tumulto se dispersó y en la cara de mis compañeros ya se dibujaba la más grande vergüenza.
No recuerdo haber recibido palabras de apoyo de parte de alguno de mis amigos. Es más, no recuerdo haber escuchado nada. Apenas me vi frente a frente con Ederson, con el balón de por medio, mi mente solo reproducía los episodios más felices que alguna vez soñé con el fútbol. De pronto la cancha de mi barrio se transformó en un gigantesco estadio abarrotado de hinchas rugientes, expectantes por un disparo desde el punto del penal. Mis compañeros pasaron a convertirse en jugadores profesionales vestidos con la camiseta de la “U”, y nuestros oponentes no serían más que nuestros clásicos rivales: los de Alianza. El juez principal ordenó la ejecución de la pena máxima del fútbol y mis sentidos entraron en alerta ante cada mínimo movimiento de mi rival. Vi la inclinación que tomó mi oponente para patear el balón, el impacto de su pierna izquierda con la pelota. Oí el sonido de ésta al chocar con el aire en su desplazamiento hacia mi mano derecha. Tomé la decisión: fui hacia ese lado sin miedo, creyéndome capaz de contenerlo. “Puedo hacerlo” pensé. Lo hice.
Cuando el balón salió desviado tras impactar con mi rodilla, no pude dejar de sentir que uno de mis sueños se había convertido en realidad, aunque fuera de una manera austera. Había evitado un gol de penal y eso era lo que me hizo permanecer más que contento los segundos siguientes, a pesar de que el marcador aún siguiera con dos goles en contra. Había logrado una hazaña. Le había parado un balón al lanzador más potente y letal que hasta ese momento había conocido. Y es que fue un disparo fuerte, tan fuerte como pateado por un pie de hierro. Las felicitaciones las oí llegar desde afuera del campo, desde donde estaba nuestro único apoyo moral.
Hubiera querido que el partido termine ahí, que ocurriera un terremoto que impida seguir con el compromiso deportivo, pero no pudo ser. Unos minutos después de mi logro, llegaron más goles. Nos fuimos al descanso con un 5 a 0 a cuestas. Ya nadie recordaba el penal desviado por mi rodilla, solo nos dábamos cuenta de la vergüenza que estábamos pasando.
En el segundo tiempo hicimos cambios en la alineación. Freddy cambió de posición conmigo. Mi primo José salió para el ingreso de Juancho, El Gordo también se quedó en el banco de suplentes, al igual que Moisés, para permitir el ingreso de dos jugadores que nadie había tomado en cuenta, pero que terminaron salvándonos el honor: Gary (hermano de Ederson) y Pepe.
Al final, igual perdimos el partido. 6 a 2 fue el resultado final. Mejoramos bastante en comparación al primer tiempo, pero reaccionamos tarde. Mi pie no dolía tanto como esa goleada, pero al menos nos sirvió para aprender que debíamos prepararnos más para los próximos encuentros, que por cierto ganamos (3-0 y 3-1), empatamos (3-3 en uno de los mejores partidos frente a “Los Chalacos”) y perdimos (3-1). Todos estos partidos fueron memorables, por una un otra razón, pero el primero es el que más recuerdo, porque ese marcó el inicio de una gran época.
La primera e histórica formación de Los Faraones alineó de la siguiente manera: Giancarlo y El Gordo en la defensa; Freddy en la volante; Moisés como media punta, y solo en la delantera, mi primo José. Yo, con mordeduras de perros incluidas, debajo de los tres palos. En el banco de suplentes quedó Juancho, que por motivos estomacales, no estaba en condiciones de iniciar el partido.
El otro equipo, el de Juan, se ubicó en la cancha con algunos viejos conocidos nuestros, rivales de toda la vida. Algunos de ellos eran: Ederson, Juanito, El Gordo Machaca, y mi primo César, quien durante el tiempo que duró el partido, se convirtió en la persona que más odié en el planeta.
Sonó el pitazo inicial. Moisés tocó el balón hacia mi primo José, que rápidamente la cedió a Giancarlo, quien en un intento por llevarse al que lo marcaba, tuvo que echar el balón afuera para que sea reinsertado al juego por el equipo contrario. Una vez que el equipo de Juan tomó el balón, se nos hizo muy difícil recuperarlo. Yo estaba muy nervioso, gritando a todo el mundo para que no se desordenen en la cancha y conserven sus puestos previamente establecidos, porque “solo de esa manera” podríamos ganarles, como bien nos lo había advertido Maca, un vecino nuestro, quien ante la desoladora imagen de orfandad que daba nuestro equipo en contraste con los demás, que sí tenían un adulto que los arengara, se apiadó de nosotros y fungió las veces de nuestro director técnico.
Su aporte hubiera sido valioso si es que hubiésemos tenido los jugadores idóneos, pero no fue así. Con el correr de los minutos y ante los infinitos ataques que recibíamos --y de los que milagrosamente nos salvábamos--, nos dimos cuenta de que nunca debimos haber pensado en formar un equipo para esta competencia, porque lo nuestro, en esos momentos, daba pena.
Cinco minutos duró el marcador de papel en blanco. Solo cinco. Nuestra ligera esperanza de irnos al descanso con el partido empatado se esfumaron cuando, tras una descoordinación y desorden táctico, el delantero del equipo contrario se encontró solo frente a mí –un indefenso y nervioso arquero—y definió como cualquier buen delantero hubiera definido: suave y a un lado. Mientras veía a la pelota entrar lentamente en mi arco, no pude evitar sentirme frustrado. Tirado en el suelo, observaba en cámara lenta la fina trayectoria del balón. Lo veía cada vez más lejano, distante, como si se tratara de una chica que pasa muy coqueta por mi lado y que luego se va sin darme tiempo, siquiera, de poder tocarla. Se iba como ella, como la chica que me gustaba, que en ese preciso momento, no hacía más que mirar a otra parte, quizás previendo que mi actuación sería un desastre. Gol.
Un par de minutos después, otra vez gol. Perdíamos dos a cero, pero lo peor todavía no llegaba. El quipo contrario, después de verse con el marcador a su favor, empezó a jugar con nosotros, a burlarse. Hacían lo que querían, movían el balón como mejor les parecía. Intentaban remates imposibles, pero bien que nos complicaban. Yo, al mirar eso desde el infierno en el que se había convertido mi arco, simplemente acumulaba rencor, odio, envidia. No entendía por qué no podíamos hacer nada frente a esas burlas intencionadas de nuestros adversarios. Tenía ganas de salir, quitarles el balón y pateárselo en las caras. Pero no podía. Si mis defensas no podían, yo menos. Simplemente seguía el movimiento del balón con la vista, tratando de no desconcentrarme porque en cualquier momento llegaría el disparo que podría significar el humillante tercer gol.
La misma cólera la habría sentido Giancarlo al momento de intentar robarle el balón a Juan, o tal vez no midió bien. Tal vez solo fue la impotencia que pudo haber sentido al verse superado por enésima vez, lo que lo llevó a patearlo. No fue una gran patada, hasta me atrevería a decir que solo fue un rose, pero finalmente el árbitro lo vió y cobró penal.
Mis compañeros, al escuchar la decisión del árbitro, se le fueron encima. Le reclamaron de todas las formas conocidas, pero éste no cambió de parecer. Ya no podíamos hacer nada, Ederson ya había cogido el balón y lo colocaba en el punto del penal, a tan solo unos metros de donde yo estaba ubicado. El tumulto se dispersó y en la cara de mis compañeros ya se dibujaba la más grande vergüenza.
No recuerdo haber recibido palabras de apoyo de parte de alguno de mis amigos. Es más, no recuerdo haber escuchado nada. Apenas me vi frente a frente con Ederson, con el balón de por medio, mi mente solo reproducía los episodios más felices que alguna vez soñé con el fútbol. De pronto la cancha de mi barrio se transformó en un gigantesco estadio abarrotado de hinchas rugientes, expectantes por un disparo desde el punto del penal. Mis compañeros pasaron a convertirse en jugadores profesionales vestidos con la camiseta de la “U”, y nuestros oponentes no serían más que nuestros clásicos rivales: los de Alianza. El juez principal ordenó la ejecución de la pena máxima del fútbol y mis sentidos entraron en alerta ante cada mínimo movimiento de mi rival. Vi la inclinación que tomó mi oponente para patear el balón, el impacto de su pierna izquierda con la pelota. Oí el sonido de ésta al chocar con el aire en su desplazamiento hacia mi mano derecha. Tomé la decisión: fui hacia ese lado sin miedo, creyéndome capaz de contenerlo. “Puedo hacerlo” pensé. Lo hice.
Cuando el balón salió desviado tras impactar con mi rodilla, no pude dejar de sentir que uno de mis sueños se había convertido en realidad, aunque fuera de una manera austera. Había evitado un gol de penal y eso era lo que me hizo permanecer más que contento los segundos siguientes, a pesar de que el marcador aún siguiera con dos goles en contra. Había logrado una hazaña. Le había parado un balón al lanzador más potente y letal que hasta ese momento había conocido. Y es que fue un disparo fuerte, tan fuerte como pateado por un pie de hierro. Las felicitaciones las oí llegar desde afuera del campo, desde donde estaba nuestro único apoyo moral.
Hubiera querido que el partido termine ahí, que ocurriera un terremoto que impida seguir con el compromiso deportivo, pero no pudo ser. Unos minutos después de mi logro, llegaron más goles. Nos fuimos al descanso con un 5 a 0 a cuestas. Ya nadie recordaba el penal desviado por mi rodilla, solo nos dábamos cuenta de la vergüenza que estábamos pasando.
En el segundo tiempo hicimos cambios en la alineación. Freddy cambió de posición conmigo. Mi primo José salió para el ingreso de Juancho, El Gordo también se quedó en el banco de suplentes, al igual que Moisés, para permitir el ingreso de dos jugadores que nadie había tomado en cuenta, pero que terminaron salvándonos el honor: Gary (hermano de Ederson) y Pepe.
Al final, igual perdimos el partido. 6 a 2 fue el resultado final. Mejoramos bastante en comparación al primer tiempo, pero reaccionamos tarde. Mi pie no dolía tanto como esa goleada, pero al menos nos sirvió para aprender que debíamos prepararnos más para los próximos encuentros, que por cierto ganamos (3-0 y 3-1), empatamos (3-3 en uno de los mejores partidos frente a “Los Chalacos”) y perdimos (3-1). Todos estos partidos fueron memorables, por una un otra razón, pero el primero es el que más recuerdo, porque ese marcó el inicio de una gran época.
Por cierto, la semana posterior al primer partido que perdimos, la chica que me gustaba me dejó de hablar por razones aún desconocidas, aunque ya no hago el intento por averiguarlas. No sé quién habrá perdido ese duelo, si ella o yo, lo único que sé es que, si es que fue derrota, me vino bien, porque luego me recuperé, y vaya que lo hice. ¡Fuerza, Faraones!



