Al día siguiente no podía mover mi pie. Echado sobre mi cama, temía ver la terrible herida que, en ese momento, me tenía postrado del dolor. Pero no podía quejarme. Si quería jugar el campeonato nadie se tenía que enterar de mi lesión. Nadie, incluso mi primo José, que estaba durmiendo en la cama contigua.
“¿Por qué caminas así?”, me preguntó mi mamá. “No, no es nada. Es que ayer me doblé el pie jugando y me duele un poco”, le mentí. Ella, quizás debido a su intuición de madre, supuso que no era tan simple como yo lo había pintado y me propuso ir por la frotación. Pero yo no podía aceptar eso. Si ella observaba lo que había debajo de la media, aparte de horrorizarse, me iba a matar por haber tomado tremendo orificio en mi tobillo tan a la ligera. Además, tenía muy claro que me iba a llevar a alguna clínica, hospital, posta, o lo que sea para que me pongan las inyecciones antirrábicas que la situación requería, pero que yo aborrecía. Por eso, cuando ya estaba decidido a decirle que no era necesaria la frotación, y vi entre sus manos el dichoso frasco, a lo único que atiné fue a elaborar otra mentira instantáneamente; es decir, le mostré el otro pie.
Cuando le conté ese breve episodio a mi primo César, él no paró de reírse. Quizás lo hizo porque vio en mi reacción una hilarante ocurrencia. También, seguro, porque no se imaginaba cómo era capaz de aguantar el inmenso dolor, al que ahora se le sumaba un indescriptible ardor cada vez que una pelusilla de la media rozaba con la parte afectada.
El segundo día después de la mordida, volví a encontrarme con ella, la chica dueña del perro y de mi corazón por ese entonces. Lo primero que me preguntó al verme fue cómo estaba de mi herida. Ella tampoco entendía cómo era capaz de seguir caminando con ese agujero en el tobillo. Yo tampoco lo sabía, le comenté dándome ciertos aires de valentía estúpida. La verdad es que el dolor era tan intenso, que cada paso que daba era como una patada en esa zona masculina en la que se basan los doctores para comunicarle a nuestros padres el sexo de sus hijos.
Pero ahí no quedaba todo. Había que seguir entrenando para el campeonato, y yo no podía dejar de asistir a las prácticas. Magullado como estaba, me atrevía a trotar, dar pequeños saltos, tocar el balón con algo de precisión y, sobre todo, atajarlo cuando era necesario.
Nadie podía creerlo. Nadie podía concebir que yo estuviera jugando después del accidente. Por momentos hasta parecía que nunca me hubiera pasado nada, porque hasta salvaba jugadas que antes me eran muy difíciles de salvar. Pero todo sueño de pronta mejoría se vino abajo, cuando Moisés me pasó el balón muy suavemente, y éste, desafortunadamente, lo amortigüé con mi tobillo derecho. Decir que vi a Judas calato, es poco, cuando lo que me pareció ver en ese momento, bien pudo ser a los doce apóstoles desnudos y bailando zamba con un canasta de frutas sobre la cabeza. Ya se imaginarán el dolor.
Me tiré al piso, grité, pataleé --aunque en un solo pie--, me retorcí del dolor y mis compañeros tuvieron que parar el partido. Me sacaron en hombros como a un herido de guerra. Mi primo José, que estaba en ese momento jugando con nosotros, empezó a sospechar algo, pero antes de que se diera cuenta y le vaya con el chisme a mi mamá, le advertí que no dijera nada, porque lo que me había pasado el no lo sabía, y ni él ni mi familia, ni nadie que yo no quiera, tenían que saberlo. Al parecer, después de pensarlo unos segundos, lo entendió.
Ya no volví a jugar con mis amigos desde ese día. Juntos decidimos no volver a forzar mi pie a una situación peligrosa como esa antes del domingo. Ese día, el día del inicio del campeonato, tenía que estar al 100% porque del resultado del primer partido dependían nuestras aspiraciones de lograr el título.
El sorteo de los partidos se realizaría un día antes, el sábado. Para ese entonces, mi pie ya estaba ligeramente mejor, aunque aún me dolía al más leve contacto, pero, al menos, ya podía caminar y trotar con mayor facilidad.
En la tarde del sábado había salido a acompañar a mis amigos a la última práctica. Yo solo los veía jugar, esforzarse por hacer la jugada imposible que al día siguiente nos haga merecedores de un triunfo. Llegó cierto momento en el que tuve que dejarlos en la cancha porque tuve que regresar a mi casa. En el camino de regreso, lejos, muy lejos del alcance del Faraón, caminaba yo tranquilo, sin miedo de ser atacado nuevamente, cuando de pronto, ocurrió lo que mi mala suerte me tenía preparado. Un perro mediano, de nombre desconocido, salió por debajo de automóvil estacionado y luego de realizar una serie de ladridos, se abalanzó a mi pierna como si ésta fuera un suculento manjar canino, y la mordió.
No lo podía creer. Tenía a otro perro aferrado mi pierna derecha en menos de una semana. No quería ni podía creerlo, pero lo estaba viendo y sintiendo en tiempo real. De un puñete lo hice soltarme y se fue corriendo, pero sin dejar de ladrar. De mi pierna empezó a brotar algo de sangre. La herida, esta vez, no fue profunda, aunque sí sorpresiva como la que me causó el Faraón.
“Estás salado”, repetían mis compañeros de equipo. “Ni vayas al sorteo, porque fácil nos toca con los más difíciles”, agregaban entre bromas. Al final, creo que tuvieron razón, porque al momento en el que el encargado de organizar el campeonato, es decir, el señor Luciano, procedía a sacar el papelito con el papel que contenía escrito el nombre de nuestro rival, no fue otro que el papel que contenía el nombre del equipo de Juan. Sí, estaba salado.
“¿Por qué caminas así?”, me preguntó mi mamá. “No, no es nada. Es que ayer me doblé el pie jugando y me duele un poco”, le mentí. Ella, quizás debido a su intuición de madre, supuso que no era tan simple como yo lo había pintado y me propuso ir por la frotación. Pero yo no podía aceptar eso. Si ella observaba lo que había debajo de la media, aparte de horrorizarse, me iba a matar por haber tomado tremendo orificio en mi tobillo tan a la ligera. Además, tenía muy claro que me iba a llevar a alguna clínica, hospital, posta, o lo que sea para que me pongan las inyecciones antirrábicas que la situación requería, pero que yo aborrecía. Por eso, cuando ya estaba decidido a decirle que no era necesaria la frotación, y vi entre sus manos el dichoso frasco, a lo único que atiné fue a elaborar otra mentira instantáneamente; es decir, le mostré el otro pie.
Cuando le conté ese breve episodio a mi primo César, él no paró de reírse. Quizás lo hizo porque vio en mi reacción una hilarante ocurrencia. También, seguro, porque no se imaginaba cómo era capaz de aguantar el inmenso dolor, al que ahora se le sumaba un indescriptible ardor cada vez que una pelusilla de la media rozaba con la parte afectada.
El segundo día después de la mordida, volví a encontrarme con ella, la chica dueña del perro y de mi corazón por ese entonces. Lo primero que me preguntó al verme fue cómo estaba de mi herida. Ella tampoco entendía cómo era capaz de seguir caminando con ese agujero en el tobillo. Yo tampoco lo sabía, le comenté dándome ciertos aires de valentía estúpida. La verdad es que el dolor era tan intenso, que cada paso que daba era como una patada en esa zona masculina en la que se basan los doctores para comunicarle a nuestros padres el sexo de sus hijos.
Pero ahí no quedaba todo. Había que seguir entrenando para el campeonato, y yo no podía dejar de asistir a las prácticas. Magullado como estaba, me atrevía a trotar, dar pequeños saltos, tocar el balón con algo de precisión y, sobre todo, atajarlo cuando era necesario.
Nadie podía creerlo. Nadie podía concebir que yo estuviera jugando después del accidente. Por momentos hasta parecía que nunca me hubiera pasado nada, porque hasta salvaba jugadas que antes me eran muy difíciles de salvar. Pero todo sueño de pronta mejoría se vino abajo, cuando Moisés me pasó el balón muy suavemente, y éste, desafortunadamente, lo amortigüé con mi tobillo derecho. Decir que vi a Judas calato, es poco, cuando lo que me pareció ver en ese momento, bien pudo ser a los doce apóstoles desnudos y bailando zamba con un canasta de frutas sobre la cabeza. Ya se imaginarán el dolor.
Me tiré al piso, grité, pataleé --aunque en un solo pie--, me retorcí del dolor y mis compañeros tuvieron que parar el partido. Me sacaron en hombros como a un herido de guerra. Mi primo José, que estaba en ese momento jugando con nosotros, empezó a sospechar algo, pero antes de que se diera cuenta y le vaya con el chisme a mi mamá, le advertí que no dijera nada, porque lo que me había pasado el no lo sabía, y ni él ni mi familia, ni nadie que yo no quiera, tenían que saberlo. Al parecer, después de pensarlo unos segundos, lo entendió.
Ya no volví a jugar con mis amigos desde ese día. Juntos decidimos no volver a forzar mi pie a una situación peligrosa como esa antes del domingo. Ese día, el día del inicio del campeonato, tenía que estar al 100% porque del resultado del primer partido dependían nuestras aspiraciones de lograr el título.
El sorteo de los partidos se realizaría un día antes, el sábado. Para ese entonces, mi pie ya estaba ligeramente mejor, aunque aún me dolía al más leve contacto, pero, al menos, ya podía caminar y trotar con mayor facilidad.
En la tarde del sábado había salido a acompañar a mis amigos a la última práctica. Yo solo los veía jugar, esforzarse por hacer la jugada imposible que al día siguiente nos haga merecedores de un triunfo. Llegó cierto momento en el que tuve que dejarlos en la cancha porque tuve que regresar a mi casa. En el camino de regreso, lejos, muy lejos del alcance del Faraón, caminaba yo tranquilo, sin miedo de ser atacado nuevamente, cuando de pronto, ocurrió lo que mi mala suerte me tenía preparado. Un perro mediano, de nombre desconocido, salió por debajo de automóvil estacionado y luego de realizar una serie de ladridos, se abalanzó a mi pierna como si ésta fuera un suculento manjar canino, y la mordió.
No lo podía creer. Tenía a otro perro aferrado mi pierna derecha en menos de una semana. No quería ni podía creerlo, pero lo estaba viendo y sintiendo en tiempo real. De un puñete lo hice soltarme y se fue corriendo, pero sin dejar de ladrar. De mi pierna empezó a brotar algo de sangre. La herida, esta vez, no fue profunda, aunque sí sorpresiva como la que me causó el Faraón.
“Estás salado”, repetían mis compañeros de equipo. “Ni vayas al sorteo, porque fácil nos toca con los más difíciles”, agregaban entre bromas. Al final, creo que tuvieron razón, porque al momento en el que el encargado de organizar el campeonato, es decir, el señor Luciano, procedía a sacar el papelito con el papel que contenía escrito el nombre de nuestro rival, no fue otro que el papel que contenía el nombre del equipo de Juan. Sí, estaba salado.



