jueves 15 de enero de 2009

Los Faraones F.C. (II)

Al día siguiente no podía mover mi pie. Echado sobre mi cama, temía ver la terrible herida que, en ese momento, me tenía postrado del dolor. Pero no podía quejarme. Si quería jugar el campeonato nadie se tenía que enterar de mi lesión. Nadie, incluso mi primo José, que estaba durmiendo en la cama contigua.

“¿Por qué caminas así?”, me preguntó mi mamá. “No, no es nada. Es que ayer me doblé el pie jugando y me duele un poco”, le mentí. Ella, quizás debido a su intuición de madre, supuso que no era tan simple como yo lo había pintado y me propuso ir por la frotación. Pero yo no podía aceptar eso. Si ella observaba lo que había debajo de la media, aparte de horrorizarse, me iba a matar por haber tomado tremendo orificio en mi tobillo tan a la ligera. Además, tenía muy claro que me iba a llevar a alguna clínica, hospital, posta, o lo que sea para que me pongan las inyecciones antirrábicas que la situación requería, pero que yo aborrecía. Por eso, cuando ya estaba decidido a decirle que no era necesaria la frotación, y vi entre sus manos el dichoso frasco, a lo único que atiné fue a elaborar otra mentira instantáneamente; es decir, le mostré el otro pie.

Cuando le conté ese breve episodio a mi primo César, él no paró de reírse. Quizás lo hizo porque vio en mi reacción una hilarante ocurrencia. También, seguro, porque no se imaginaba cómo era capaz de aguantar el inmenso dolor, al que ahora se le sumaba un indescriptible ardor cada vez que una pelusilla de la media rozaba con la parte afectada.

El segundo día después de la mordida, volví a encontrarme con ella, la chica dueña del perro y de mi corazón por ese entonces. Lo primero que me preguntó al verme fue cómo estaba de mi herida. Ella tampoco entendía cómo era capaz de seguir caminando con ese agujero en el tobillo. Yo tampoco lo sabía, le comenté dándome ciertos aires de valentía estúpida. La verdad es que el dolor era tan intenso, que cada paso que daba era como una patada en esa zona masculina en la que se basan los doctores para comunicarle a nuestros padres el sexo de sus hijos.

Pero ahí no quedaba todo. Había que seguir entrenando para el campeonato, y yo no podía dejar de asistir a las prácticas. Magullado como estaba, me atrevía a trotar, dar pequeños saltos, tocar el balón con algo de precisión y, sobre todo, atajarlo cuando era necesario.

Nadie podía creerlo. Nadie podía concebir que yo estuviera jugando después del accidente. Por momentos hasta parecía que nunca me hubiera pasado nada, porque hasta salvaba jugadas que antes me eran muy difíciles de salvar. Pero todo sueño de pronta mejoría se vino abajo, cuando Moisés me pasó el balón muy suavemente, y éste, desafortunadamente, lo amortigüé con mi tobillo derecho. Decir que vi a Judas calato, es poco, cuando lo que me pareció ver en ese momento, bien pudo ser a los doce apóstoles desnudos y bailando zamba con un canasta de frutas sobre la cabeza. Ya se imaginarán el dolor.

Me tiré al piso, grité, pataleé --aunque en un solo pie--, me retorcí del dolor y mis compañeros tuvieron que parar el partido. Me sacaron en hombros como a un herido de guerra. Mi primo José, que estaba en ese momento jugando con nosotros, empezó a sospechar algo, pero antes de que se diera cuenta y le vaya con el chisme a mi mamá, le advertí que no dijera nada, porque lo que me había pasado el no lo sabía, y ni él ni mi familia, ni nadie que yo no quiera, tenían que saberlo. Al parecer, después de pensarlo unos segundos, lo entendió.

Ya no volví a jugar con mis amigos desde ese día. Juntos decidimos no volver a forzar mi pie a una situación peligrosa como esa antes del domingo. Ese día, el día del inicio del campeonato, tenía que estar al 100% porque del resultado del primer partido dependían nuestras aspiraciones de lograr el título.

El sorteo de los partidos se realizaría un día antes, el sábado. Para ese entonces, mi pie ya estaba ligeramente mejor, aunque aún me dolía al más leve contacto, pero, al menos, ya podía caminar y trotar con mayor facilidad.

En la tarde del sábado había salido a acompañar a mis amigos a la última práctica. Yo solo los veía jugar, esforzarse por hacer la jugada imposible que al día siguiente nos haga merecedores de un triunfo. Llegó cierto momento en el que tuve que dejarlos en la cancha porque tuve que regresar a mi casa. En el camino de regreso, lejos, muy lejos del alcance del Faraón, caminaba yo tranquilo, sin miedo de ser atacado nuevamente, cuando de pronto, ocurrió lo que mi mala suerte me tenía preparado. Un perro mediano, de nombre desconocido, salió por debajo de automóvil estacionado y luego de realizar una serie de ladridos, se abalanzó a mi pierna como si ésta fuera un suculento manjar canino, y la mordió.

No lo podía creer. Tenía a otro perro aferrado mi pierna derecha en menos de una semana. No quería ni podía creerlo, pero lo estaba viendo y sintiendo en tiempo real. De un puñete lo hice soltarme y se fue corriendo, pero sin dejar de ladrar. De mi pierna empezó a brotar algo de sangre. La herida, esta vez, no fue profunda, aunque sí sorpresiva como la que me causó el Faraón.

“Estás salado”, repetían mis compañeros de equipo. “Ni vayas al sorteo, porque fácil nos toca con los más difíciles”, agregaban entre bromas. Al final, creo que tuvieron razón, porque al momento en el que el encargado de organizar el campeonato, es decir, el señor Luciano, procedía a sacar el papelito con el papel que contenía escrito el nombre de nuestro rival, no fue otro que el papel que contenía el nombre del equipo de Juan. Sí, estaba salado.

miércoles 7 de enero de 2009

Los Faraones F.C. (I)

Jugábamos de noche. Tal vez eso fue lo que nos afectó al final. No lo sé. Solo digo que pudo ser. En fin, éramos un grupo de amigos, todos de la misma cuadra, que salíamos a divertirnos con la pelota, porque jugar futbolito, o fulbito, como mal se le conoce, era lo que menos hacíamos.

No sé siempre haya sido tan mal jugador. Creo que hasta los diez años, al menos, no era tan malo como lo soy ahora. Jugaba en todos los puestos y en todos rendía. Mis amigos me consideraban tanto un buen arquero, como un delantero cumplidor, pero con los años, en lo único en lo que “me defendía” era en el arco.

Siempre me gustó esa posición. De niño tenía un sueño recurrente: estadio lleno, tribunas abarrotadas de fanáticos coreando los nombres de sus jugadores favoritos, entre ellos el mío. De pronto, en el instante en el que se escuchaba en todo el estadio Sale el campeón, sale el campeón… mis compañeros y yo entrábamos al campo de juego, con el escudo de la “U” en el pecho, sintiendo el aplauso caluroso y el grito estremecedor de la gente. Yo, por supuesto, con el 1 en la espalda.

Me soñaba atajando penales, sorteando varios mano a mano, salvando una pelota desde la misma raya de gol, y hasta conteniendo un disparo de cabeza tras una volada espectacular. Todo un arquero completo, seguro y confiable.

Loco también, porque “para ser arquero, hay que estar loco”, como decía mi abuelo, y yo sí que lo estaba. Me llenaba de adrenalina cada vez que, jugando con mis amigos, desviaba un balón con la punta de los dedos, doblándomelos, pero aguantando el dolor, porque al final, ése solo era mi trabajo. El dolor quedaba para después, para contarlo al momento de destacar las mejores jugadas del partido, acompañados de una gaseosa tamaño familiar. En ese momento, haber hecho una excelente atajada, o haberme comido un gol estúpido, me valía la reputación.

Casi siempre me fue bien en el arco, tengo grandes recuerdos debajo de los tres palos de una canchita. Hasta logré arrancarle un comentario sobre mis aptitudes de arquero a una chica que me gustaba. Fue una noche que estuve peloteando con un par de amigos, uno de ellos estaba tapando y yo junto con el otro pateábamos tratando de hacerle goles; entonces ella, al notar que no llevaba muchos tantos en mi cuenta, y mas bien sí muchas carreras por ir a recoger la pelota pateada descaradamente por mí, me dijo: Como delantero, eres un buen arquero. Luego de ese comentario, decidí quedarme para siempre en el arco. Y así fue.

Unos días después de aquella memorable frase, nos enteramos que se iba a organizar un campeonato de fulbito de menores. En realidad, años atrás también nos enterábamos de esa clase de noticias, pero nunca participábamos porque… en realidad no sé por qué. Pero ese año, un amigo, Moisés, decidió soltar la idea en una de nuestras conversaciones post pichanga. “Creo que la haríamos en el campeonato”, se atrevió a decir. Todos los demás nos quedamos callados, como imaginando el momento de celebrar un triunfo de nuestro equipo, cada uno de acuerdo a su propio estilo: Giancarlo quizás imaginando que el arquero del equipo contrario aún se estaría reponiendo del dolor en el brazo que le dejó el potente remate de derecha lanzado por él; El Gordo tal vez avizoraba haber recibido un pase, sacarse a un defensa de un simple movimiento de su enorme cintura, y colocar el balón sutilmente en el ángulo superior izquierdo del arquero. Inalcanzable. Golazo. Mientras que yo, por supuesto, sosteniendo el balón con las manos, luego de una fantástica volada, ahogándole el grito de gol a Juan, el de la otra cuadra, mi máximo contrincante.

Cuando todos retornamos de nuestro breve viaje mental, decidimos juntar el dinero e inscribirnos, inmediatamente, en el primer campeonato de nuestra historia, la historia de los… había que encontrar un nombre para nuestro equipo.

A falta de una semana para que se inicie el campeonato, empezamos a ir a la cancha en la mañana, para acostumbrarnos un poco al renegado calor del que siempre huíamos. Nos costaba demasiado, sobre todo a mí, cumplir un buen papel bajo el abrasante sol de verano. Si en la noche, cada vez que nos enfrentábamos a otros equipos solíamos perder, en la tarde sería peor. Necesitábamos entrenar, ponernos a trabajar bajo las peores condiciones si queríamos salir airosos, como en nuestros sueños, del campeonato. Además, yendo a jugar en la mañana, tenía la noche completa para ir a ver a mi entonces musa inspiradora, la que destacó mis dotes de arquero.

Fue entonces que, durante la primera noche después de nuestro entrenamiento, ocurrió lo impensado. Ella, la chica que me gustaba, siempre salía a conversar con sus amigas muy cerca de la cancha. Ese lugar se había convertido, sin querer, en nuestro punto de encuentro. Lógicamente yo no iba solo. Siempre iba con mi primo César, quien, quizás previendo el futuro de mi equipo, decidió jugar por el grupo de Juan, nuestro enemigo.

En fin, ese día fuimos los dos a la cancha en noche, y la chica que me gustaba estaba ahí. La vimos desde muy lejos, y mientras nos íbamos acercando, mi primo me preguntaba qué le había visto a esa chica. Cada vez que oía esa pregunta me llenaba de rabia, pero me controlaba, porque sabía que no debía mostrarme tan interesado en ella ante nadie, porque sino perdía. Yo no respondía nada, solo dejaba que pase el momento. Esa pregunta me la hacía todo el tiempo, no solo él, sino también mis demás amigos, algunos de los cuales, al final, terminaron más interesados en ella que yo.

Con el pretexto de ir a jugar basket, nos acercamos a ellas para preguntarles si querían jugar con nosotros. Ya faltaba poquísimo para llegar, cuando de pronto, sin que ninguno de los dos lo avisara, apareció el perro de la chica que me gusta aferrándose con sus dientes a mi tobillo, sacudiéndolo enfurecidamente y haciéndome quedar pasmado ante el intenso dolor que me estaba provocando. Mientras caía al suelo, mi primo, en una reacción afortunadamente inteligente y rápida, le lanzó la pelota de basket al animal en el torso, haciendo que éste soltara por fin mi magullado pie, y se fuera aullando directo a su casa.

Lo primero que pensé cuando vi al perro con sus dientes incrustados en mi pie, fue en lo que le diría a mis padres para que no sospechen nada y me dejen jugar el domingo en el campeonato. Mientras pensaba eso, también recordaba la frase de mi abuelo relacionada con la locura y los arqueros. Por otro lado, me daba cuenta de la penosa imagen que le estaba dando a la chica que me gustaba: estaba quedando como un completo idiota mordido por su perro. Un perro que tenía fama de bravo, pero que nunca pensé lograría lastimarme a mí. Un perro que debí tomar más en serio, ya que su mismo nombre así lo requería. Un perro llamado Faraón, que al final, tras esa inesperada mordida, nos dio el nombre que tanto estuvimos buscando para el equipo.

“Hay que llamarnos Los Faraones, entonces” les sugerí a mis amigos esa misma noche, después de contarles la historia y haber lavado mi herida con agua y jabón, elementos propiciados por la propia dueña del perro. Mi comentario les causó risa al principio. Es una ironía –decían--, pero el nombre suena, y está bien. Entonces, ahora sí, tras una dolorosa noche, la historia de Los Faraones comenzaba.