“Eres el sol que da luz a mis días”,
pensé decirte aquella tarde de mayo
mientras veíamos el cielo colorarse de rojo,
amarillo, naranja, de fuego,
y el aire rozaba tus brazos
y mis manos tus mejillas.
“Eres la luz que abre paso a mi vida”,
pero solo te pude dar un abrazo
y dejé que el silencio nos llevara a su antojo
haciéndonos parte del juego
aunque no tuviéramos dados,
ni fichas, ni cartillas.
Eres el sol que no solo brilla
y que extiende en el cielo sus rayos,
que no les permiten verte a mis ojos
a los que solo les queda el consuelo
de solo esperar el ocaso
para mantener la esperanza encendida.
jueves 9 de julio de 2009
jueves 25 de junio de 2009
Una Universidad para toda la vida
Muchas veces suelo pensar que la vida es como uno quiere que sea. Uno va llenando las páginas de su vida de acuerdo a las decisiones que va tomando a cada segundo, porque la vida, si de algo está llena, pues es de alternativas. Cada uno escoge lo que más cree que le conviene, porque simplemente estamos propensos al error, y qué sería de la vida sin errores. Equivocarse puede llegar a ser una de las experiencias más enriquecedoras que podemos vivir y que, felizmente, podemos experimentarla de manera constante. Desde hace cinco años vivo esclavo de una decisión que, errónea o acertada, conducirá el destino de mi vida. Y es que desde hace cinco años elegí estudiar Ciencias de la Comunicación en la universidad de San Martín de Porres, y aquí es donde mis pensamientos entran en una feliz contradicción, porque siento que no me he equivocado al elegir ni mi carrera, ni mi universidad.
Estoy a apenas un día de dejar de ser un alumno universitario, para convertirme en un flamante egresado que, indudablemente, recordará estos cinco años con mucha alegría, pasión y sobre todo nostalgia, porque de que voy a querer regresar, voy a querer regresar, aunque esto resulte imposible, a no ser que decida estudiar una segunda carrera, pero nada será igual, porque las primeras veces solo se viven una vez, y por lo general, siempre son las mejores.
No puedo evitar ponerme triste sabiendo que mañana va a ser la última vez que pise mi facultad como alumno. Tampoco puedo dejar de recordar lo que sentí el primer día que lo hice, allá por agosto del 2004, cuando atrapado por una inmensa burbuja de egocentrismo, me sentí mejor que cualquier persona que me mirara desde afuera. Felizmente esa absurda muestra de inmadurez fue borrada de mi personalidad un par de días después, cuando conocí a una verdadera maestra de la comunicación, poseedora de una gran inteligencia y –por qué no—singular atractivo, que pudo hacerme ver mi patética realidad de un solo sopapo al decirme sin ninguna clase de contemplaciones: “batracio”. Me refiero, lógicamente, a mi querida y amada en secreto catedrática, Z. G.
Ciclos más tarde me topé con J. R., dueño de una envidiable pluma, quien me hizo replantear cualquier intento de ser escritor. Al ver su enorme capacidad para contar historias, no me quedaba de otra que admirar y aplaudir, resignándome a quemar cualquier cuento, poema e imitación de novela creados por mí.
Y es que es en la universidad donde uno recién se da cuenta de sus carencias y también de sus virtudes, pero que resultan siendo tan escasas que pasan inadvertidas si alguna vez asomaron por allí. Es en la universidad donde te encuentras frente a frente con tu competencia actual y futura, porque tanto maestros como alumnos, finalmente, terminarán compitiendo por el mismo puesto de trabajo.
Aprendes muchas cosas dentro de la universidad, no solo las materias impartidas por los catedráticos, sino también muchos valores que espero conservar por el resto de mi vida. De mis compañeros he aprendido mucho, sobre todo a ser tolerante. Eso no quiere decir que no hayan existido fuertes peleas hasta el final, pero creo que si han sucedido, es porque nada puede ser perfecto. Es más, me atrevería a decir que las peleas de verdad han surgido ya en los últimos ciclos, donde la presión y responsabilidad son más grandes.
Hace poco nomás, en el taller de Radio, casi nos hemos agarrado a trompadas. Eso solo nos demuestra que en la vida uno nunca deja de aprender, así crea que ya lo sabe todo. La convivencia con distintas personas siempre será difícil, mucho más todavía cuando del trabajo de uno depende la nota del otro. Es en esos casos donde uno debe demostrar madurez, y si no se puede a través de un mensaje conciliador, pues los gritos y regaños nunca dejarán de ser una buena alternativa.
La universidad también te enseña a ser constante. Y esto lo aprendí de otra de mis catedráticas favoritas: R. M. C. Ella dictaba un seminario de elaboración de proyectos de Tesis, y luego de quemarme las pestañas por varios días, pude ver el resultado de mi esfuerzo recompensado. No hay nada más grato que recibir unas felicitaciones públicas de parte de tu mentor. Sobre todo cuando sabes que llegar a esa meta te ha costado mucho sacrificio. No imagino mi vida sin haber conocido a R. M. C.; seguramente nunca me habría preocupado por alcanzar un objetivo en mi vida.
Y así como ellos, hubo varios profesores a los que tengo que estar eternamente agradecidos.
Mención aparte merecen los profesores de los talleres de 9º y 10º ciclo. P. A., S. S. y F. V. me enseñaron, además de todos los secretos de la TV, lo importante de ser humildes. De J. V. rescato lo que nos inculcó del trabajo en equipo al momento de realizar un noticiero radiofónico. Y de O. A. lo esencial de no estancarse en lo que uno sabe, sino siempre buscar saber más, especialmente si lo tuyo es el diseño de infografías y diagramación de páginas de un diario.
A todos ellos no me queda más que retribuirles su tiempo y dedicación con mi próximo desempeño en el medio periodístico en el que me encuentre. Si alguna vez llego a destacar en algo, tengan por seguro que ellos van a formar parte de mi logro.
Y no quiero terminar este texto sin mencionar a las personas que compartieron las aulas conmigo, y que seguramente también estarán igual de agradecidos como yo con lo aprendido en la universidad. Conocer a Alejandro, Criss, Gerardo, Pamela, Gino, Angela, Martín, y muchos otros compañeros más, fue una de las mejores experiencias de mi vida. Gracias por todos los momentos compartidos y la confianza puesta en mí, a pesar de no ser como ustedes hubieran querido que sea. Pero qué sería de la vida si todo fuera perfecto. Felizmente yo no lo soy. Felizmente estos cinco años estuvieron muy cerca de serlo.
Estoy a apenas un día de dejar de ser un alumno universitario, para convertirme en un flamante egresado que, indudablemente, recordará estos cinco años con mucha alegría, pasión y sobre todo nostalgia, porque de que voy a querer regresar, voy a querer regresar, aunque esto resulte imposible, a no ser que decida estudiar una segunda carrera, pero nada será igual, porque las primeras veces solo se viven una vez, y por lo general, siempre son las mejores.
No puedo evitar ponerme triste sabiendo que mañana va a ser la última vez que pise mi facultad como alumno. Tampoco puedo dejar de recordar lo que sentí el primer día que lo hice, allá por agosto del 2004, cuando atrapado por una inmensa burbuja de egocentrismo, me sentí mejor que cualquier persona que me mirara desde afuera. Felizmente esa absurda muestra de inmadurez fue borrada de mi personalidad un par de días después, cuando conocí a una verdadera maestra de la comunicación, poseedora de una gran inteligencia y –por qué no—singular atractivo, que pudo hacerme ver mi patética realidad de un solo sopapo al decirme sin ninguna clase de contemplaciones: “batracio”. Me refiero, lógicamente, a mi querida y amada en secreto catedrática, Z. G.
Ciclos más tarde me topé con J. R., dueño de una envidiable pluma, quien me hizo replantear cualquier intento de ser escritor. Al ver su enorme capacidad para contar historias, no me quedaba de otra que admirar y aplaudir, resignándome a quemar cualquier cuento, poema e imitación de novela creados por mí.
Y es que es en la universidad donde uno recién se da cuenta de sus carencias y también de sus virtudes, pero que resultan siendo tan escasas que pasan inadvertidas si alguna vez asomaron por allí. Es en la universidad donde te encuentras frente a frente con tu competencia actual y futura, porque tanto maestros como alumnos, finalmente, terminarán compitiendo por el mismo puesto de trabajo.
Aprendes muchas cosas dentro de la universidad, no solo las materias impartidas por los catedráticos, sino también muchos valores que espero conservar por el resto de mi vida. De mis compañeros he aprendido mucho, sobre todo a ser tolerante. Eso no quiere decir que no hayan existido fuertes peleas hasta el final, pero creo que si han sucedido, es porque nada puede ser perfecto. Es más, me atrevería a decir que las peleas de verdad han surgido ya en los últimos ciclos, donde la presión y responsabilidad son más grandes.
Hace poco nomás, en el taller de Radio, casi nos hemos agarrado a trompadas. Eso solo nos demuestra que en la vida uno nunca deja de aprender, así crea que ya lo sabe todo. La convivencia con distintas personas siempre será difícil, mucho más todavía cuando del trabajo de uno depende la nota del otro. Es en esos casos donde uno debe demostrar madurez, y si no se puede a través de un mensaje conciliador, pues los gritos y regaños nunca dejarán de ser una buena alternativa.
La universidad también te enseña a ser constante. Y esto lo aprendí de otra de mis catedráticas favoritas: R. M. C. Ella dictaba un seminario de elaboración de proyectos de Tesis, y luego de quemarme las pestañas por varios días, pude ver el resultado de mi esfuerzo recompensado. No hay nada más grato que recibir unas felicitaciones públicas de parte de tu mentor. Sobre todo cuando sabes que llegar a esa meta te ha costado mucho sacrificio. No imagino mi vida sin haber conocido a R. M. C.; seguramente nunca me habría preocupado por alcanzar un objetivo en mi vida.
Y así como ellos, hubo varios profesores a los que tengo que estar eternamente agradecidos.
Mención aparte merecen los profesores de los talleres de 9º y 10º ciclo. P. A., S. S. y F. V. me enseñaron, además de todos los secretos de la TV, lo importante de ser humildes. De J. V. rescato lo que nos inculcó del trabajo en equipo al momento de realizar un noticiero radiofónico. Y de O. A. lo esencial de no estancarse en lo que uno sabe, sino siempre buscar saber más, especialmente si lo tuyo es el diseño de infografías y diagramación de páginas de un diario.
A todos ellos no me queda más que retribuirles su tiempo y dedicación con mi próximo desempeño en el medio periodístico en el que me encuentre. Si alguna vez llego a destacar en algo, tengan por seguro que ellos van a formar parte de mi logro.
Y no quiero terminar este texto sin mencionar a las personas que compartieron las aulas conmigo, y que seguramente también estarán igual de agradecidos como yo con lo aprendido en la universidad. Conocer a Alejandro, Criss, Gerardo, Pamela, Gino, Angela, Martín, y muchos otros compañeros más, fue una de las mejores experiencias de mi vida. Gracias por todos los momentos compartidos y la confianza puesta en mí, a pesar de no ser como ustedes hubieran querido que sea. Pero qué sería de la vida si todo fuera perfecto. Felizmente yo no lo soy. Felizmente estos cinco años estuvieron muy cerca de serlo.
miércoles 10 de junio de 2009
Qué bella redacción III
A veces sentía que no acababa de conocer todas las oficinas, porque en varias ocasiones me encontraba extrañamente perdido en medio del tercer piso buscando la misteriosa oficina de C, una señorita que había visto una sola vez y que luego creí desaparecida debido a una especie de pulverización o rapto extraterrestre.
Cuando la vi por primera vez no me inspiró nada y debo resaltar que a ella sí la vi de una manera un poco menos laboral como sí lo había hecho con A y B, es decir… a C la miré de un modo más personal, buscando que me gustara, tal vez.
Pero no. No me gustó. Su cabello estaba sin peinar, la vi algo pálida, ojerosa, cansada y sin ilusiones. Parecía un ser inerte y no creo estar exagerando.
Sin embargo, como ya dije, solo la había visto por única vez un día en el que, quizás, no era el suyo. Por eso decidí darle –o darme-- otra oportunidad.
Pero esa oportunidad nunca llegaba. Siempre que iba a buscarla, no encontraba su oficina. No sé cómo rayos haría una oficina para desaparecer, pero juro que lo hizo. Yo me paseaba por todo el edificio y nunca la encontraba. Revisaba en todas las oficinas –incluso una vez me metí descaradamente a la oficina del Director que, felizmente, estaba vacía--, pero mi búsqueda nunca obtenía resultado.
Cansado de buscarla y no encontrarla, decidí olvidarme de ella. Además, no significaba nada, solo quería verla para constatar las dudas que tenía y que ahora habían cambiado: Ya no quería saber si me gustaba o no, sino, quería tomar constancia de su existencia porque empezaba a tener la certeza de que C era solo un espejismo.
“Llévele esto a C y dígale que es lo único que se ha encontrado”, me dijo mi jefe entregándome algunas hojas con recortes de la revista pegados. Bueno, todo bien, pero… ¿a dónde rayos le llevo estos papeles?
Nuevamente, entonces, me encontraba en medio de esa encrucijada que era la de buscar la oficina de C. Juro que jamás había estado en una situación similar. Nunca me había pasado eso de perderme –o, en este caso, perder algo tan grande—en un espacio tantas veces recorrido por mí. Pero me estaba pasando y ya me empezaba a sentir completamente frustrado.
Fue en ese preciso momento, en el que ya me estaba dando por vencido e iba a acudir donde mi jefe a preguntarle, después de varias semanas, dónde quedaba la oficina de C, cuando el dulce rostro de una señorita se impregna en mi vista.
“¿Eso es para mí?”, me preguntó. Eh… Es sobre el caso de… “Sí, es para mí”, me interrumpió. Entonces… ¿puede firmar aquí…? “¿Aquí?” dijo tomando el cuaderno. Sí. “Listo. Gracias”, y se fue después de acomodar sutilmente su largo y hermoso cabello.
¡Wow! ¿Esa C con la que acababa de tener una brevísima conversación era la misma que vi toda desaliñada semanas atrás? Pues sí que lo era. Y estaba encantadísimo de que, por fin, la haya encontrado.
Sin embargo, había un problema con ella. Podía ser muy bonita, adornarse el cabello con una margarita, embriagarme con el fresco aroma de su perfume, pero su manera de dirigirse a mí no era de las mejores.
Cuando llamaba, la voz con que lo hacía podía ser capaz de enamorar a cualquiera, pero una vez que te encontrabas con ella, podrías resultar herido. Y lo digo porque esa es la impresión que me daba C cada vez que me acercaba a entregarle lo que solicitaba.
Una vez que llegué a ubicar perpetuamente su oficina (increíblemente quedaba al frente de donde yo estaba), se hicieron más comunes sus llamadas. Por un lado me sentía bien de poder ir a verla, pero por otro, no podía dejar de pensar en lo mal que me caía. Es que sentía que la pasaba mal, siempre andaba amargada, al menos casi siempre. La veía apurada, atareada. Sentía que la incomodaba. No quería eso. Quería que me viera siquiera un momento, así como lo hacía B. Pero eso era pedir mucho para C.
C era solo para contemplar de lejos. Observar sus desplazamientos. Ver minuciosamente la delicadeza de sus dedos mezclándose con sus cabellos. Solo eso. Si pretendía acercármele, toda la magia podría perderse. Y no. Perder la magia de C, el trato amoroso de B –porque ya no está en la empresa—y los maravillosos ojos de A exclusivamente para mí ya significaría demasiado.
A, B y C jamás corresponderán al amor platónico que por ellas siento, pero seguramente pasarán a formar parte del libro de historias que nunca llegaron a nada, pero de las que me siento feliz de que así hayan sido. Tampoco volveré a fijarme en otras redactoras porque quiero que las tres alcancen el privilegiado nivel de únicas.
Cuando la vi por primera vez no me inspiró nada y debo resaltar que a ella sí la vi de una manera un poco menos laboral como sí lo había hecho con A y B, es decir… a C la miré de un modo más personal, buscando que me gustara, tal vez.
Pero no. No me gustó. Su cabello estaba sin peinar, la vi algo pálida, ojerosa, cansada y sin ilusiones. Parecía un ser inerte y no creo estar exagerando.
Sin embargo, como ya dije, solo la había visto por única vez un día en el que, quizás, no era el suyo. Por eso decidí darle –o darme-- otra oportunidad.
Pero esa oportunidad nunca llegaba. Siempre que iba a buscarla, no encontraba su oficina. No sé cómo rayos haría una oficina para desaparecer, pero juro que lo hizo. Yo me paseaba por todo el edificio y nunca la encontraba. Revisaba en todas las oficinas –incluso una vez me metí descaradamente a la oficina del Director que, felizmente, estaba vacía--, pero mi búsqueda nunca obtenía resultado.
Cansado de buscarla y no encontrarla, decidí olvidarme de ella. Además, no significaba nada, solo quería verla para constatar las dudas que tenía y que ahora habían cambiado: Ya no quería saber si me gustaba o no, sino, quería tomar constancia de su existencia porque empezaba a tener la certeza de que C era solo un espejismo.
“Llévele esto a C y dígale que es lo único que se ha encontrado”, me dijo mi jefe entregándome algunas hojas con recortes de la revista pegados. Bueno, todo bien, pero… ¿a dónde rayos le llevo estos papeles?
Nuevamente, entonces, me encontraba en medio de esa encrucijada que era la de buscar la oficina de C. Juro que jamás había estado en una situación similar. Nunca me había pasado eso de perderme –o, en este caso, perder algo tan grande—en un espacio tantas veces recorrido por mí. Pero me estaba pasando y ya me empezaba a sentir completamente frustrado.
Fue en ese preciso momento, en el que ya me estaba dando por vencido e iba a acudir donde mi jefe a preguntarle, después de varias semanas, dónde quedaba la oficina de C, cuando el dulce rostro de una señorita se impregna en mi vista.
“¿Eso es para mí?”, me preguntó. Eh… Es sobre el caso de… “Sí, es para mí”, me interrumpió. Entonces… ¿puede firmar aquí…? “¿Aquí?” dijo tomando el cuaderno. Sí. “Listo. Gracias”, y se fue después de acomodar sutilmente su largo y hermoso cabello.
¡Wow! ¿Esa C con la que acababa de tener una brevísima conversación era la misma que vi toda desaliñada semanas atrás? Pues sí que lo era. Y estaba encantadísimo de que, por fin, la haya encontrado.
Sin embargo, había un problema con ella. Podía ser muy bonita, adornarse el cabello con una margarita, embriagarme con el fresco aroma de su perfume, pero su manera de dirigirse a mí no era de las mejores.
Cuando llamaba, la voz con que lo hacía podía ser capaz de enamorar a cualquiera, pero una vez que te encontrabas con ella, podrías resultar herido. Y lo digo porque esa es la impresión que me daba C cada vez que me acercaba a entregarle lo que solicitaba.
Una vez que llegué a ubicar perpetuamente su oficina (increíblemente quedaba al frente de donde yo estaba), se hicieron más comunes sus llamadas. Por un lado me sentía bien de poder ir a verla, pero por otro, no podía dejar de pensar en lo mal que me caía. Es que sentía que la pasaba mal, siempre andaba amargada, al menos casi siempre. La veía apurada, atareada. Sentía que la incomodaba. No quería eso. Quería que me viera siquiera un momento, así como lo hacía B. Pero eso era pedir mucho para C.
C era solo para contemplar de lejos. Observar sus desplazamientos. Ver minuciosamente la delicadeza de sus dedos mezclándose con sus cabellos. Solo eso. Si pretendía acercármele, toda la magia podría perderse. Y no. Perder la magia de C, el trato amoroso de B –porque ya no está en la empresa—y los maravillosos ojos de A exclusivamente para mí ya significaría demasiado.
A, B y C jamás corresponderán al amor platónico que por ellas siento, pero seguramente pasarán a formar parte del libro de historias que nunca llegaron a nada, pero de las que me siento feliz de que así hayan sido. Tampoco volveré a fijarme en otras redactoras porque quiero que las tres alcancen el privilegiado nivel de únicas.
domingo 31 de mayo de 2009
Qué bella redacción II
La revista cuenta con un suplemento en el que se publican eventos sociales --claro, solamente de las familias de apellidos rimbombantes-- y también, por supuesto, contiene frivolidades femeninas. Aunque yo no forme parte del “target” de este suplemento, también lo leo. Lo hago para divertirme, y de paso, como ya supondrán algunos, para leer lo que escribe la guapísima y encantadora B.
Al escribir esto, recuerdo lo absurdas que fueron mis primeras semanas en esa revista. Me pasaba las horas buscando información, entregándola y viendo noticieros para no estar desactualizado, pero ¿qué tan al día estaba con mis “colegas”? Completamente desfasado.
A B la conocí desde mi primer día de estancia en esa empresa periodística. Al igual que a A, la conocí después de entregarle el material informativo que solicitaba. Entré a la oficina donde están todos los redactores del suplemento y, quizás por la cantidad de gente que había allí adentro, no pude reconocer su simpatía y belleza.
Una vez durante la cena, conversando con mi compañera de área, surgió un pequeño comentario sobre B. “Hace rato ha pedido las fotos de Mengano, pero no las he encontrado”, me dijo. Quién, pregunté yo segundos antes de embutirme un pan. “B, pues, la chica del suplemento”. Ah, ella, que no moleste, renegué, y seguí comiendo.
Al terminar de cenar, ya de vuelta en el Archivo, llamó B. Después de decir su nombre, me pidió que por favor le busque las fotos de Mengano, porque sino su jefe la iba a matar. Lo hizo de una manera tan tierna, que no pude evitar decirle que de todas maneras buscaría las fotos, así me tenga que quedar hasta el otro día. “Te lo voy a agradecer muchísimo”, me dijo. No te preocupes, colgué.
Tremendo lío en el que me había metido. Ni las personas más experimentadas habían podido conseguir las fotos del personaje que B estaba buscando, y yo, un tipo común y corriente, que no le ha ganado a nadie y, además, bastante torpe, me había puesto como objetivo encontrarlas. Ay, Jorge… tú y tu bocota.
No sé por cuanto tiempo estuve sumergido entre los sobres de fotografías buscando como condenado el que le había prometido a B. No sé ni por qué lo hacía. Ella no era una prioridad. A mí me habían dicho que las prioridades son los directores de la revista, y luego los redactores principales, entre los cuales estaba, afortunadamente, mi bella A. Pero los del suplemento, no. Sin embargo, tampoco es que a ellos se les dejara de lado, se les atiende igual, pero si surge otro pedido de uno de los miembros del “club de prioridades”, pues el orden jerárquico tiene que respetarse.
Ese día, para mí, no hubo jerarquía que valga. Me dediqué exclusivamente a buscar lo que B me había pedido tan encarecidamente. El teléfono sonaba y sonaba con los pedidos de los demás redactores, pero yo no contesté ni una sola llamada. Las otras personas allí se encargaban de contestar y buscar lo que los demás querían. A mí nadie me molestaba, solamente el polvo que brotaba de los sobres más antiguos.
Faltaba poco para mi hora de salida y todavía no encontraba las fotos. Sumergido completamente entre miles de sobres, seguía buscando sin éxito. Por un momento se me pasó por la mente la idea de abandonar mi misión, pero luego de meditarlo por unos segundos, decidí que era la mejor prueba que me podía poner para demostrar que jamás me doy por vencido, aunque en millones de oportunidades anteriores sí lo haya hecho.
Pensaba, también, si valía la pena hacerlo. Si la búsqueda hubiera sido por A, seguramente habría actuado de la misma forma, pero al menos ella me gustaba. En cambio B, no. No significaba nada para mí, era una más. No tenía por qué estar en la situación en la que estaba por ella. Tal vez ella supo manejar muy bien la manipulación de la que toda mujer puede jactarse ante cualquier hombre, y por eso me convenció. Mujeres… pensé.
No tenía escapatoria. B había confiado en mí y yo no debía defraudarla. Si lo hacía, también defraudaría a mi jefe, y seguramente se correría la voz de que “el chico nuevo del archivo no sabe encontrar nada. Es un inútil”. Y exactamente un inútil venía siendo al no poder encontrar las fotos; hasta que, después de haber revisado cientos de sobres, preguntado a varias personas, y haberme cortado la piel de los dedos con los filos de los anaqueles, finalmente, las encontré.
La satisfacción que sentí solo puede ser comparada con la que contaré a continuación, cuando fui a la oficina del suplemento y pronuncié el nombre de B. Ella estaba de espaldas coordinando con las demás personas que trabajan en el suplemento alguna información. Apenas oyó que la llamé, giró un poco la cabeza. Luego, al notar que era alguien con un sobre (yo), preguntó con una tensa sonrisa en el rostro si eran las fotos que me había pedido. Sí, le contesté. Pero no lo hice así nomás. Sonreí. Le sonreí a ella, a su manera de recibirme, a su tono de voz, a su manera tan intensa de vivir, porque en ese momento, me dí cuenta de lo apasionada que puede ser B, y eso fue lo que me atrajo infinitamente.
Sus ojos grises, detrás de los anteojos que los cubrían, iluminaron los míos. Veía todo muy brillante. Juro que ella brillaba. Se acercó a mí, le entregué el sobre y me abrazó. Sí, me abrazó. Es cierto que no fue un gran abrazo, solo lo hizo con un brazo, pero al fin y al cabo logró rodear mi espalda. Yo no supe qué hacer. “Gracias, te pasaste”, me repetía incansablemente, mientras yo solo la miraba. La contemplaba.
Noté que había cariño sincero en cada letra que pronunciaba, en cada gesto que me mostraba, en toda su sonrisa. Por primera vez veía lo adorable que podía ser B. La amorosa B.
Desde ese día me empezó a saludar de manera muy amigable. Siempre con una gran sonrisa. Cada vez que lo hacía, yo me enamoraba más. A nunca había sido así de cariñosa conmigo, por eso empecé a querer más a B. Además, unos días después, B me preguntó mi nombre, cosa que nunca había hecho A.
Sin embargo, no todo podía ser perfecto en B. Una noche coincidimos a la hora de la cena. Ella estaba conversando con sus amigos, y yo con los míos, aunque más escuchaba lo que B decía, no por chismoso, sino porque me gustaba, ustedes me entenderán. Todo iba bien hasta que un comentario de ella hizo que me atore con un poco de arroz: “Mi esposo me va a venir a recoger”. B era casada. Cómo envidio a su esposo. A nunca me dejará. ¿A tiene novio? Maldición. ¿Quién me consuela ahora? Veo a una chica usando un vestido acercarse. ¿Me enamoré de C?
Al escribir esto, recuerdo lo absurdas que fueron mis primeras semanas en esa revista. Me pasaba las horas buscando información, entregándola y viendo noticieros para no estar desactualizado, pero ¿qué tan al día estaba con mis “colegas”? Completamente desfasado.
A B la conocí desde mi primer día de estancia en esa empresa periodística. Al igual que a A, la conocí después de entregarle el material informativo que solicitaba. Entré a la oficina donde están todos los redactores del suplemento y, quizás por la cantidad de gente que había allí adentro, no pude reconocer su simpatía y belleza.
Una vez durante la cena, conversando con mi compañera de área, surgió un pequeño comentario sobre B. “Hace rato ha pedido las fotos de Mengano, pero no las he encontrado”, me dijo. Quién, pregunté yo segundos antes de embutirme un pan. “B, pues, la chica del suplemento”. Ah, ella, que no moleste, renegué, y seguí comiendo.
Al terminar de cenar, ya de vuelta en el Archivo, llamó B. Después de decir su nombre, me pidió que por favor le busque las fotos de Mengano, porque sino su jefe la iba a matar. Lo hizo de una manera tan tierna, que no pude evitar decirle que de todas maneras buscaría las fotos, así me tenga que quedar hasta el otro día. “Te lo voy a agradecer muchísimo”, me dijo. No te preocupes, colgué.
Tremendo lío en el que me había metido. Ni las personas más experimentadas habían podido conseguir las fotos del personaje que B estaba buscando, y yo, un tipo común y corriente, que no le ha ganado a nadie y, además, bastante torpe, me había puesto como objetivo encontrarlas. Ay, Jorge… tú y tu bocota.
No sé por cuanto tiempo estuve sumergido entre los sobres de fotografías buscando como condenado el que le había prometido a B. No sé ni por qué lo hacía. Ella no era una prioridad. A mí me habían dicho que las prioridades son los directores de la revista, y luego los redactores principales, entre los cuales estaba, afortunadamente, mi bella A. Pero los del suplemento, no. Sin embargo, tampoco es que a ellos se les dejara de lado, se les atiende igual, pero si surge otro pedido de uno de los miembros del “club de prioridades”, pues el orden jerárquico tiene que respetarse.
Ese día, para mí, no hubo jerarquía que valga. Me dediqué exclusivamente a buscar lo que B me había pedido tan encarecidamente. El teléfono sonaba y sonaba con los pedidos de los demás redactores, pero yo no contesté ni una sola llamada. Las otras personas allí se encargaban de contestar y buscar lo que los demás querían. A mí nadie me molestaba, solamente el polvo que brotaba de los sobres más antiguos.
Faltaba poco para mi hora de salida y todavía no encontraba las fotos. Sumergido completamente entre miles de sobres, seguía buscando sin éxito. Por un momento se me pasó por la mente la idea de abandonar mi misión, pero luego de meditarlo por unos segundos, decidí que era la mejor prueba que me podía poner para demostrar que jamás me doy por vencido, aunque en millones de oportunidades anteriores sí lo haya hecho.
Pensaba, también, si valía la pena hacerlo. Si la búsqueda hubiera sido por A, seguramente habría actuado de la misma forma, pero al menos ella me gustaba. En cambio B, no. No significaba nada para mí, era una más. No tenía por qué estar en la situación en la que estaba por ella. Tal vez ella supo manejar muy bien la manipulación de la que toda mujer puede jactarse ante cualquier hombre, y por eso me convenció. Mujeres… pensé.
No tenía escapatoria. B había confiado en mí y yo no debía defraudarla. Si lo hacía, también defraudaría a mi jefe, y seguramente se correría la voz de que “el chico nuevo del archivo no sabe encontrar nada. Es un inútil”. Y exactamente un inútil venía siendo al no poder encontrar las fotos; hasta que, después de haber revisado cientos de sobres, preguntado a varias personas, y haberme cortado la piel de los dedos con los filos de los anaqueles, finalmente, las encontré.
La satisfacción que sentí solo puede ser comparada con la que contaré a continuación, cuando fui a la oficina del suplemento y pronuncié el nombre de B. Ella estaba de espaldas coordinando con las demás personas que trabajan en el suplemento alguna información. Apenas oyó que la llamé, giró un poco la cabeza. Luego, al notar que era alguien con un sobre (yo), preguntó con una tensa sonrisa en el rostro si eran las fotos que me había pedido. Sí, le contesté. Pero no lo hice así nomás. Sonreí. Le sonreí a ella, a su manera de recibirme, a su tono de voz, a su manera tan intensa de vivir, porque en ese momento, me dí cuenta de lo apasionada que puede ser B, y eso fue lo que me atrajo infinitamente.
Sus ojos grises, detrás de los anteojos que los cubrían, iluminaron los míos. Veía todo muy brillante. Juro que ella brillaba. Se acercó a mí, le entregué el sobre y me abrazó. Sí, me abrazó. Es cierto que no fue un gran abrazo, solo lo hizo con un brazo, pero al fin y al cabo logró rodear mi espalda. Yo no supe qué hacer. “Gracias, te pasaste”, me repetía incansablemente, mientras yo solo la miraba. La contemplaba.
Noté que había cariño sincero en cada letra que pronunciaba, en cada gesto que me mostraba, en toda su sonrisa. Por primera vez veía lo adorable que podía ser B. La amorosa B.
Desde ese día me empezó a saludar de manera muy amigable. Siempre con una gran sonrisa. Cada vez que lo hacía, yo me enamoraba más. A nunca había sido así de cariñosa conmigo, por eso empecé a querer más a B. Además, unos días después, B me preguntó mi nombre, cosa que nunca había hecho A.
Sin embargo, no todo podía ser perfecto en B. Una noche coincidimos a la hora de la cena. Ella estaba conversando con sus amigos, y yo con los míos, aunque más escuchaba lo que B decía, no por chismoso, sino porque me gustaba, ustedes me entenderán. Todo iba bien hasta que un comentario de ella hizo que me atore con un poco de arroz: “Mi esposo me va a venir a recoger”. B era casada. Cómo envidio a su esposo. A nunca me dejará. ¿A tiene novio? Maldición. ¿Quién me consuela ahora? Veo a una chica usando un vestido acercarse. ¿Me enamoré de C?
miércoles 27 de mayo de 2009
Dos
Dos lapiceros gastados
Yacen al lado del cuaderno
Aquel que cobija tu nombre
Culpable de mi locura
Dos recuerdos perdidos
Caen en mi mente de nuevo
La misma que los reconoce
Aún en la densa penumbra
Dos sueños atrapados
Van perdiendo el anhelo
Mientras se oyen las voces
Que ya nadie escucha
Dos pasados unidos
Se ignoran ahora a lo lejos
El mío aparece en la noche
El tuyo le teme a la Luna
Yacen al lado del cuaderno
Aquel que cobija tu nombre
Culpable de mi locura
Dos recuerdos perdidos
Caen en mi mente de nuevo
La misma que los reconoce
Aún en la densa penumbra
Dos sueños atrapados
Van perdiendo el anhelo
Mientras se oyen las voces
Que ya nadie escucha
Dos pasados unidos
Se ignoran ahora a lo lejos
El mío aparece en la noche
El tuyo le teme a la Luna
martes 26 de mayo de 2009
Qué bella redacción I
Realizar prácticas en el Archivo de una conocida revista peruana me ha llevado a conocer al periodismo desde un lado que muchos desconocen. Estar en medio de anaqueles que contienen absolutamente toda la riqueza informativa de un medio de comunicación es toda una experiencia alucinante, solo comparable al hecho de observar fotografías que nadie más verá porque, simplemente, no fueron escogidas para ser publicadas.
Imagino que lo mismo debe suceder en el área de archivo de cualquier medio, sobre todo escrito, en el que las fotos y recortes de periódicos se vuelven el aire que uno respira, pues prácticamente ocupan todo el espacio.
Moverse por ahí resulta a veces tan complicado, que en la premura por buscar una información a pocas horas del cierre, puede ocurrir un accidente. Varias veces me ha pasado que he tenido que colgarme desde lo más alto de un enorme anaquel, con tal de conseguir el file de algún personaje requerido por alguna redactora, porque por ellas más que por cualquier otro redactor –director de la revista incluido--, sí estaría dispuesto a arriesgar mi vida.
En la revista en la que practico encontré tres mujeres muy bellas, pero extrañamente, me di cuenta de aquello un poco tarde.
Tuvieron que pasar un par de meses por lo menos, para sentir que una redactora me encandilara, no solo por sus textos, sino también por sus finos rasgos, que dibujan en su piel de niña la sapiencia de una mujer.
La primera periodista culpable de mi enamoramiento platónico y febril fue una señorita a la que me referiré como A para evitar cualquier suspicacia.
A y yo nos conocimos el segundo día de mi experiencia en la revista. Sonó el teléfono y luego de descolgarlo, escuché que una voz muy femenina me pedía fotos de un personaje que yo desconocía. “Hola, ¿eres de Archivo?” Sí, contesté, “soy A, ¿podrías traerme el sobre de fotos de Fulano de tal, por favor?”. Sí. “Gracias”.
Esa pequeña conversación no significó nada para mí por ese momento. La tomaba como una llamada más de cualquier otro periodista que exige, con mucha rapidez, que se le envíe lo que solicita. Fue así que conseguí el sobre de fotos, lo apunté en el cuaderno junto con su nombre, y me dirigí a su pequeña oficina para entregárselo a cambio de una firma de confirmación.
Llegué y la vi ahí: sentada en una silla muy grande y cómoda, con sus ojos puestos en el texto que aparecía en la pantalla de su ordenador. No sé si no quise ver más, pero ese día no me fijé en la brillantez de su cabello, ni en sus pequeñas y blancas manos, ni mucho menos en la hermosa luz que irradiaban sus ojos. Estaba ahí y no la vi. No estuve atento a sus finuras. No merecía llamarme un periodista. No había sido observador.
Pasaron los días y ya conocía a la mayoría de redactores y redactoras de la revista. Sin embargo, todavía no me sentía atraído por ninguna. Hasta que, sin darme cuenta, una tarde llegué a la oficina de A. Al principio no la encontré, y cuando estaba dispuesto a regresar a mi área con el pedido que ella había hecho unos minutos antes, me tropecé con ella de manera casual.
Al momento de reaccionar después de aquel suceso inesperado, pude ver toda la belleza que antes habían ignorado mis ojos en ella. En milésimas de segundos me sentí flotando en una inmensa burbuja alrededor de A. Igualmente, vi cómo el pasadizo se transformaba en un bello jardín de flores rojas, azules y amarillas. El olor a cigarro de las redacciones pasó a convertirse en un agradable aroma de lavanda, hasta que, poco a poco, todo se fue desvaneciendo.
“Disculpa, ¿estás bien?”, preguntó A, despertándome del sueño. Le respondí que estaba en perfectas condiciones con un ligero movimiento de cabeza. “Estabas distraído, ten más cuidado para la próxima” me sugirió. Sí, disculpa tú más bien, fue lo que yo le dije, entregándole el file que había pedido. “Gracias”, se despidió.
Desde ese día empecé a tener alucinaciones parecidas con A cada vez que cerraba los ojos. Ni qué decir cuando llamaba pidiendo fotos o artículos periodísticos sobre un tema. Cada vez que le entregaba sus pedidos, ella devolvía mi rápida entrega con una hipnotizadora sonrisa. Desde ese día fue así. Pensé que A sería mi único amor secreto por esas redacciones, pero un poco más allá, terminando el pasillo a la mano derecha, conocí al otro amor de mi vida periodística.
Imagino que lo mismo debe suceder en el área de archivo de cualquier medio, sobre todo escrito, en el que las fotos y recortes de periódicos se vuelven el aire que uno respira, pues prácticamente ocupan todo el espacio.
Moverse por ahí resulta a veces tan complicado, que en la premura por buscar una información a pocas horas del cierre, puede ocurrir un accidente. Varias veces me ha pasado que he tenido que colgarme desde lo más alto de un enorme anaquel, con tal de conseguir el file de algún personaje requerido por alguna redactora, porque por ellas más que por cualquier otro redactor –director de la revista incluido--, sí estaría dispuesto a arriesgar mi vida.
En la revista en la que practico encontré tres mujeres muy bellas, pero extrañamente, me di cuenta de aquello un poco tarde.
Tuvieron que pasar un par de meses por lo menos, para sentir que una redactora me encandilara, no solo por sus textos, sino también por sus finos rasgos, que dibujan en su piel de niña la sapiencia de una mujer.
La primera periodista culpable de mi enamoramiento platónico y febril fue una señorita a la que me referiré como A para evitar cualquier suspicacia.
A y yo nos conocimos el segundo día de mi experiencia en la revista. Sonó el teléfono y luego de descolgarlo, escuché que una voz muy femenina me pedía fotos de un personaje que yo desconocía. “Hola, ¿eres de Archivo?” Sí, contesté, “soy A, ¿podrías traerme el sobre de fotos de Fulano de tal, por favor?”. Sí. “Gracias”.
Esa pequeña conversación no significó nada para mí por ese momento. La tomaba como una llamada más de cualquier otro periodista que exige, con mucha rapidez, que se le envíe lo que solicita. Fue así que conseguí el sobre de fotos, lo apunté en el cuaderno junto con su nombre, y me dirigí a su pequeña oficina para entregárselo a cambio de una firma de confirmación.
Llegué y la vi ahí: sentada en una silla muy grande y cómoda, con sus ojos puestos en el texto que aparecía en la pantalla de su ordenador. No sé si no quise ver más, pero ese día no me fijé en la brillantez de su cabello, ni en sus pequeñas y blancas manos, ni mucho menos en la hermosa luz que irradiaban sus ojos. Estaba ahí y no la vi. No estuve atento a sus finuras. No merecía llamarme un periodista. No había sido observador.
Pasaron los días y ya conocía a la mayoría de redactores y redactoras de la revista. Sin embargo, todavía no me sentía atraído por ninguna. Hasta que, sin darme cuenta, una tarde llegué a la oficina de A. Al principio no la encontré, y cuando estaba dispuesto a regresar a mi área con el pedido que ella había hecho unos minutos antes, me tropecé con ella de manera casual.
Al momento de reaccionar después de aquel suceso inesperado, pude ver toda la belleza que antes habían ignorado mis ojos en ella. En milésimas de segundos me sentí flotando en una inmensa burbuja alrededor de A. Igualmente, vi cómo el pasadizo se transformaba en un bello jardín de flores rojas, azules y amarillas. El olor a cigarro de las redacciones pasó a convertirse en un agradable aroma de lavanda, hasta que, poco a poco, todo se fue desvaneciendo.
“Disculpa, ¿estás bien?”, preguntó A, despertándome del sueño. Le respondí que estaba en perfectas condiciones con un ligero movimiento de cabeza. “Estabas distraído, ten más cuidado para la próxima” me sugirió. Sí, disculpa tú más bien, fue lo que yo le dije, entregándole el file que había pedido. “Gracias”, se despidió.
Desde ese día empecé a tener alucinaciones parecidas con A cada vez que cerraba los ojos. Ni qué decir cuando llamaba pidiendo fotos o artículos periodísticos sobre un tema. Cada vez que le entregaba sus pedidos, ella devolvía mi rápida entrega con una hipnotizadora sonrisa. Desde ese día fue así. Pensé que A sería mi único amor secreto por esas redacciones, pero un poco más allá, terminando el pasillo a la mano derecha, conocí al otro amor de mi vida periodística.
viernes 24 de abril de 2009
Antes de dormir
A veces pienso que me extrañas
Mientras cubro mi cuerpo con las sábanas
Quizás sea el frío
No lo sé
Pero no te digo nada
A veces siento que me hablas
Mientras veo la luna por la ventana
Quizás sea el silencio
No lo sé
Solo creo en tus palabras
A veces siento que me tocas
Mientras roza el aire por mi cara
Quizás sea que estoy loco
No lo sé
Quiero pensar que aún me amas
A veces pienso que te marchas
Mientras me escondo entre las sombras de la cama
Quizás sea que te veo
No lo sé
Solo ruego: no te vayas
Mientras cubro mi cuerpo con las sábanas
Quizás sea el frío
No lo sé
Pero no te digo nada
A veces siento que me hablas
Mientras veo la luna por la ventana
Quizás sea el silencio
No lo sé
Solo creo en tus palabras
A veces siento que me tocas
Mientras roza el aire por mi cara
Quizás sea que estoy loco
No lo sé
Quiero pensar que aún me amas
A veces pienso que te marchas
Mientras me escondo entre las sombras de la cama
Quizás sea que te veo
No lo sé
Solo ruego: no te vayas
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